Igual, pero distinto

Una vieja y mal intencionada definición de escultura decía que estas eran aquellos objetos con los que te topas al alejarte de una pintura para verla mejor. Pero ahora con quien te has topado parece ser el tendero de la esquina… pero no, no lo es, es otra escultura, una de esas llamadas hiperrealistas.

Tenemos algo así como 50 años de este tipo de esculturas, que son, entre otras cosas, el sujeto de la exposición que desde mediados de octubre exhibe el Marco. Se nos dice que es a partir de las décadas de los sesenta o setenta que un creciente número de escultores, a ambos lados del Atlántico, empezaron a interesarse por crear una escultura altamente figurativa, centrada en el cuerpo humano a fin de producir una expresión que llevara o coadyuvara a una reflexión sobre temas como el cuerpo y la sexualidad, la identidad, la edad, la marginación, etcétera. El resultado es, en muchos casos, espectacular e incluso perturbador, al grado de poder llegar a confundir una de estas esculturas con tu vecino de al lado.

Por mi parte siempre he tenido problemas más con este tipo de esculturas, que con las pinturas o dibujos así llamados que tampoco terminan por llenarme el ojo. Las razones históricas y estéticas que les dan lugar ahí están y permiten seguir lo sucedido, y entender por qué se procedió de esta manera (no se puede dejar de apuntar que no toda la escultura que se hace a partir de entonces fue o es hiperrealista, la obra de un Michelangelo Pistoletto, Tony Cragg o Anthony Gormley lo desmienten plenamente). A pesar de ello planteo las siguientes observaciones: uno, nunca ninguna obra de arte o de lo que sea, será superior a la vida misma, en ese sentido prefiero a los heridos, las desnudas, los pordioseros, los turistas vivos que a cualquier obra de arte por más exacta que pueda ser. Dos, muy realistas, muy figurativos, pero para lograr su efecto de semejanza, de total mímesis con la vida real, requieren de los pantalones, el calzado, el carrito del súper, el corpiño, y sobre todo las cejas, pestañas, cabello y vello corporal humano para lograrlo, así que nuestra sorpresa, ¿qué tanto se debe a su realismo y qué tanto a encontrarnos con que esos artificios llevan las mismas prendas de vestir que nosotros?, ¿no son ellas –las cosas reales que las acompañan– las que acentúan o señalan su realismo, las que nos hacen verlas –a las esculturas– igual que a nosotros?

Por otra parte se puede sospechar que estas esculturas vienen a ser no la continuación, sino el relevo de la tradición clásica, toda vez que la gran mayoría de piezas grecorromanas que conocemos son representación de los dioses humanizados de la mitología (aunque nunca ha dejando de haber ejemplos de figuración con base en el cuerpo humano, simplemente pensemos durante el XIX y principios del XX en Rodin, Maillol o Chamberlain). Pero la diferencia entre unas y otras podría ser abismal si más allá de la forma entendemos que las intenciones son opuestas: en el caso de la escultura clásica los personajes son sobrenaturales –de ahí su perfección– y esa es el aura que desde entonces les acompaña; las esculturas contemporáneas, por el contrario, pretenden ser más cotidianas, comunes y corrientes, como cualquiera de nosotros, no sorprende, luego entonces, que sean débiles, miserables, pequeñas, pasajeras, sucias, incompletas, como cualquier humano.

Una de las preguntas que siempre me han suscitado estas esculturas y conforme recorría la exposición me venía una y otra vez a la mente, es ¿qué más se puede hacer con ellas? Por fortuna, aquí también está la respuesta, por ejemplo, la que considero la mejor obra de todo lo expuesto la de Peter Land, Back to Square One, del 2015, que se acerca más a la instalación que la escultura, por lo que tema y figura se tratan con mayor flexibilidad. O bien las de Evan Penny, en especial, el Self Strech (2012), o la inquietante Newborn, de Patricia Piccinni, de 2010, un aviso, más que real, de los límites a los que puede llegar la ingeniería genética. La obra de Piccinni recrea los posibles cruces o hibridaciones entre humanos y animales o simplemente de la creación de animales inexistentes por lo pronto. Esta galería de seres informes o fantásticos me permite entender el comentario que hiciera mi hijo sobre la exposición: es semejante, me dijo, a una colección de taxidermia, ¿a quién le gusta conservar la cabeza, las patas, los colmillos, las plumas, los espolones, cuernos o el cuerpo entero de animales salvajes? A quien los caza, a quien los ha matado y con ello se siente superior, a quien se piensa como el centro de la creación.

xavier.moyssenl@udem.edu

www.veryrepresentar.blogspot.com