El nuevo orden

"I want to take you home, I want to give you children…"

Cada vez  que buscan extirparme una opinión respecto a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales respondo lo mismo.

Mi gancho con Pulp siempre fueron las letras de Jarvis Cocker y su depravada observación con la que desgranaba la monotonía de la clase media arrinconada en los suburbios del Reino Unido. Cortes transversales a casas amuebladas con prolijidad cuyos habitantes son un costal de erotismos reprimidos y fantasías maniáticas; padres que aspiran los vapores de pegamento industrial durante el desayuno de martes antes de partir al trabajo, madres solteras que dejan a sus retoños hambrientos sobre el jardín trasero y corren el pestillo para que un desconocido del supermercado las abrace sobre la mesita de acrílico frente a la estufa. Mozalbetes descubriendo el onanismo mientras pegan el oído al papel tapiz para escuchar a su hermana descubriendo el onanismo.

Epílogos decadentes que brotan cuando la ilusión del matrimonio o la vida en pareja bajo un mismo techo ya no dan para una erección más. Y que por lo visto se han convertido en anhelo de esos gays que buscan en la vida conyugal con todo e hijos el clímax de su existencia.

Cada vez que buscan extirparme una opinión respecto a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales respondo lo mismo: “Unos prefieren gastar en uniformes y libretas y mochilas y colegiaturas mientras que otros hacemos millonarios a las tiendas de discos y disqueras. Me da igual. Eso sí: no estoy muy seguro que el mundo requiera de más fanáticos de Glee”. A veces, detrás de esa pregunta no buscan un punto de vista sino beneplácito. Por eso jodo con la posibilidad de que los niños de homosexuales generen tendencias homosexuales. Volví a hacerlo para una breve entrevista a propósito del aniversario de la aprobación entre personas del mismo sexo en la Ciudad de México.

De inmediato recibí el correo de un bato que además de denunciarme por estimular el conservadurismo de los detractores a que los homosexuales adopten niños, adjuntaba unos siete estudios científicos que, en resumen, demostraban que los hijos de parejas del mismo sexo no desarrollaban la orientación sexual de sus padres. Yo no ponía en duda las conclusiones de aquellas investigaciones, pero si resultaba gay ¿habría problema? Él insistía e insistía en que mi respuesta no era correcta y sí prejuiciosa.

Chale, ni los gays quieren tener hijos gays.

¿Qué más prejuicio que evadir a toda costa la posibilidad que tu hijo posea una sexualidad diferente a la buga?

Mientras tanto, y poco a poco, los gays van cobrando forma de canción de Pulp, como aquellos que en la app te proponen sexo a la una de la tarde, cuando el marido está lo suficientemente lejos y con tiempo suficiente para que se evapore el olor a desodorante extranjero antes que los niños lleguen del colegio.

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