El nuevo orden

El último encuentro norteño

En toda amistad entre hombres heterosexuales existe, en mayor o menor medida, una tensión erótica. Si además hay homosexualismo, la tensión se desborda.

Torreón es un rancho que sigue atizando valores tan apestosos de sobaco como cursis. A pesar de ello, no me los puedo sacudir. Le tengo un norteño respeto a la amistad, lo que sea que eso signifique.

Acúsenme de misógino, pero un grupo de hombres afeminados me despiertan el mismo desconocimiento que me invadía cuando veía a las niñas de la primaria agruparse junto al árbol, nos lanzaban miradas intimidantes, se decían cosas directamente al oído. ¿Hablaban de nosotros? Será por eso que los grupos de comadres tomando chai latte antes de los antros de la Zona Rosa me resultan forasteros: 

 “…más allá de las mujeres, de los distintos papeles, más allá del mundo, se vislumbraba un sentimiento más fuerte que ningún otro. Un sentimiento que tan sólo los hombres conocen. Se llama amistad”, dice Sándor Márai en El último encuentro, demoledora novela sobre el entresijo del valor de la amistad y el derecho a la verdad. El escritor húngaro considera que en toda amistad entre hombres heterosexuales existe en mayor o menor medida, una tensión erótica. Si además hay homosexualismo, la tensión se desborda y luego uno ya no sabe qué hacer con el tiradero de deseo y sentimientos: “Si puedes controlar las emociones, es probable que no tengas muchas”, asegura Douglas Coupland en JPod.

¿Cómo pueden esas comadres controlar la lealtad de la amistad y la atracción sexual al mismo tiempo? No puedo. Como Bataille, suelo respirar mediante los pulmones y el placer.

Hace varios meses metí la pata, traición a mis valores norteños: me enredé con el novio de un colega, no podría decir que era alguien cercano y mucho menos mi amigo, pero nos llevábamos bien, como tres tipos que se juntan para jugar dominó en una cantina y ver la vida pasar. La simple camaradería me inspiraba respeto. Pero el alcohol y esa picazón tan gay de asumirte como perdedor si no tienes sexo me rebasó y bueno, el colega se fue y con eso bastó para echar a perder las cosas. No lo niego, la culpa me jodió los intestinos. Pero no suelo arrepentirme de mis calenturas.

Días después volvimos a reunirnos, fingíamos que todo era igual que antes, pero desde que nos estrechamos la mano, noté al colega tratando de empujar su enojo hasta los talones, sin conseguirlo. Empecé a no convivir con ellos más de dos cervezas, pero el colega sí que inició una suerte de campaña de acoso virtual a la que no respondí, salvo un par de ocasiones. Estaba pedo.

Sin querer me topé al colega. Tiene 42. Me sonrió con un cabeceo sin estrecharme la mano. Lo entiendo perfectamente. Más tarde aproveché un momento en el que estaba solo para mirarle directamente a los ojos: “Sí, la cagué con tu wey. Sé que no debí hacerlo, pero perdí el control. Haz lo que tengas que hacer…”. Yo me encogí de hombros. Él se quedó paralizado y triste. No he vuelto a verlo. Fue el último encuentro,  pero los recados y los perfiles falsos de Facebook y Manhunt se disolvieron como el último jalón de poppers

Podrá ser machista, pero el mito de la caballerosidad me resulta honorablemente práctico.

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