El nuevo orden

El quinceañero golpeador de gays

“Con el madero que sostenía el cartel, comenzó a realizar una serie de movimientos escenificando una agresión, mientras decía: ‘Así voy a golpear a los gays’”

El martes pasado, Horizontal.mx publicó “¿Por los niños y contra los gays?”, asertiva y detallada crónica de Conrado Romo sobre la marcha del sábado 25 de julio, que bajo el lema “Jalisco es uno por los niños”, logró convocar, según cifras reportadas en varios medios, alrededor de 30,000 personas que, uniformadas de blanco, alzaron su voz exigiendo a los políticos una suerte de respeto a la familia tradicional.

Romo empieza capturando una escena contundente: “Al momento en que me disponía a terminar mi recorrido por la marcha ‘Jalisco es uno por los niños’, me topé con un joven de alrededor de quince años, de tez morena y con ropa deportiva, que llevaba en sus manos un letrero que anunciaba su apoyo al ‘derecho de los padres a educar a sus hijos’. Con el madero que sostenía el cartel, comenzó a realizar una serie de movimientos escenificando una agresión, mientras decía: ‘Así voy a golpear a los gays’. Su padre, su hermano y su madre se echaron a reír”. Bastaba leer cinco o seis artículos periodísticos pero lo narrado por Romo eliminó toda posibilidad de sospecha sobre el verdadero motor de la manifestación: un evidente rechazo a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de legalizar a nivel nacional el matrimonio entre personas del mismo sexo, encubierto mañosamente bajo la retórica en defensa de la niñez. Leí el párrafo inicial una y otra vez. Había algo más que la pantomima de la agresión. Y lo encontré: el mocoso de quince años ya tenía dos cosas claras: que golpearía a los gays (quiero pensar que se refiere a los gays de su mismo pesaje), y nosotros no haríamos nada por defendernos.

Además de antitradicionales nos asumen indefensos. Ese fantasma de fragilidad y delicadeza que nos envuelve y muchos abrazan, pero en lo personal me descompone. Recuerdo lo primero que robó mi atención cuando pisé por primera vez bares homosexuales sólo para hombres del DF, como El Taller o La Estación en Hamburgo, fue el hábito de despachar los envases de cervezas con un cinturón de servilleta en medio, como si las yemas de los dedos corrieran el peligro de contraer un virus mortal con tan sólo tocar la botella. Al segundo trago la servilleta terminaba hecha un coágulo de papel. Nunca entendí la función práctica de eso, vigente hoy día en varios antros gays. Lo mencioné hace poco con un amigo, él no conocía la cerveza a pelo y nunca había reparado en el detalle: “Tienes razón, los antros bugas te la dan sin nada… será que a nosotros nos gusta nos consientan, nos traten bien…”.

Sé que no es buen momento para andar promocionando la autodefensa después del arranque del Piojo Herrera y siempre es más saludable darle la vuelta a la violencia. Yo no puedo. Las cicatrices me han enseñado que homofóbico que ladra, suelta puñetazos guangos. Yo y mi hipermasculinidad y cada quién. Pero hay mozalbetes que se mean de la risa con todo y sus padres fanfarroneando con mímicas de madrazos homofóbicos, mientras nosotros seguimos felices porque en nuestro gueto las cervezas siguen protegidas por una servilleta.

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