El nuevo orden

No puedo más: 'spoiler alert'

A principio de los dos miles, como tarea en un curso de cine, dirigí un cortometraje que contaba la historia de un jugador de soccer de la primera división acorralado entre el clóset y la calentura. El guión terminaría por cuajar años más tarde en mi novela Funerales de hombres raros (Jus, 2012). Aquel corto fue una filmación de 14 minutos torpes y cursis, más próximos a un videohome softporn en vhs. Pero no todo resultó un desastre, según yo. Tenía una parte afortunada: el soundtrack. Lo musicalicé con "Titanium Exposé" de Sonic Youth, "Here" de Pavement, "Small Parade" de Tobin Sprout, "Lucy" de Helium. Influencia del cine de Hal Hartley. Me obsesionaba su melancólica forma de plantearse preocupaciones existenciales, y su astucia para difundir y rescatar a las bandas más incomprendidas o empolvadas de la Matador Records.

Por ahí suena también "No puedo más" de Yuri, en un momento bien cabrón, en que el futbolista no sabe si suicidarse por el desamor que le provoca ver al portero fajonearse a su novia o salir de los vestidores con la actitud necesaria para que el equipo avance a las semifinales.

Me fascina esa rola.

Yuri es una fábula prefabricada e inofensiva pensada para otorgarles a muchas señoras un supuesto placebo de representatividad y comprensión.

Por eso encuentro tan jodido como lógico los últimos acontecimientos del caso Yuri vs la comunidad LGBTTTI. Porque no es más que la consecuencia de adoptar iconos basados sólo en el pretexto de la bisutería para jotear sin desmenuzar el fondo. Y sin escandalizar a los adoradores de las buenas conductas.

Desde que Yuri decidió mostrar su tuit de apoyo a la cinta Pink de Paco del Toro, un número de homosexuales bastante nutrido se organizó para linchar a la otrora icono gay nacional, acusándola de cristiana malagradecida, por decir los menos. "Maldita ex cocainómana", le berreaban en redes sociales.

Pink es un desastre de película, como mi cortometraje: cuenta la historia de dos hombres en pareja tan caricaturizados en el espectro afeminado que, a su lado, Juan Gabriel es más hombruno que Julión Álvarez. En algún momento la pareja de Pink adopta un niño. El morro primero sufre a mares porque tiene dos papás, pero al poco tiempo posa con peluca frente al espejo, dando a entender que va que vuela para seguir los hábitos de sus padres adoptivos. Hasta que uno de ellos, la más loca, siente la necesidad de sentar cabeza. ¡Spoiler alert! Voluntariamente se une a un grupo religioso que promete curar la homosexualidad. Funciona. Reformado y todo macho, vuelve con su pareja para anunciarle que tiene sida y lo más probable es que él también. Fin.

Una serie de clichés ordinarios. Y sí, como lo acusan sus detractores: conservadores, los mismos de Cuatro Lunas o La otra familia, títulos con los que Pink ha sido comparada en desventaja. Por favor, no hay nada más beato que Cuatro Lunas, cuyo mensaje es: más te vale que te hagas de un novio que te acompañe a comprar pantalones, porque si te la vives en orgías, lo más seguro es que acabes con una caguama estrellada en tu cabeza. Cuatro Lunas y La otra familia son un manojo de clichés, pero a diferencia de Pink, las primeras dos son caricaturas gays aspiracionales, de piel blanca y burguesas. Tal y como aseguran los queers decolonialistas.

Además, el arguende de Yuri no sólo desenmascaró su fascismo cristiano, sino la hipocresía de buena parte de la comunidad que tanto jode con la igualdad: ¿dónde quedaron todos esos discursos por la abolición del hipermasculinismo y su efecto dominó de machismo y misoginia? ¿Es que acaso hay formas correctas e imperfectas de jotear? ¿Cómo y quién determina la diferencia? ¿En dónde termina el joterío políticamente correcto y empieza la ridiculización y la desinformación?

En esta columna se ha vuelto una terquedad señalar lo vacuo e hipócrita de esas estrellas que suelen coronar la marcha del orgullo. Me acusan de homofóbico, mamón, melómano mamón, pedante, culero. Dirán lo que quieran, pero Black Flag, con todo su hipermasculinismo, nunca me ha dado la espalda. Será porque Keith Morris siempre se concentró en la furia del mensaje sin que agradar al resto fuera el objetivo
principal.


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