El nuevo orden

“No me preguntes a mí, sólo soy una chica”

Todos esos batos que lanzaron cohetes, pegándose la mano en los cachetes para ecualizar los agudos gritos de euforia después de haber visto el comercial del niño rubito jugando con la Barbie Moschino (inspirada, supuestamente, en una declaración de Jeremy Scott, donde aseguraba que buena parte de su colección estaba inspirada en las Barbies con las que jugó de niño), seguro eran los clásicos morros que, cuando a los ocho años los ponían (a huevo o a huevo) a jugar fut (y peor si, para cerrar la tragedia, terminaban en la portería), lo primero que hacían era cubrirse la cara, pues pensaban que el balón se estamparía exactamente en su nariz.

¿De plano se creían tan guapitos? ¿De dónde les venía la idea que el objetivo del soccer era, antes que nada, destruir jetas? El estereotipo de género de la autoestima muy elevada y el de "no-me-toques".

Por cierto, al menos en la década de los ochenta, la Barbie estaba, pero de verdad adicta a las profesiones yuppie. Recuerdo que mis primas jugaban con la Barbie veterinaria, la azafata y también había por ahí una que había estudiado puericultura o algo así. Pero pareciera que la Barbie se metió la mitad de su sueldo por las narices y eso le jodió algún hemisferio del cerebro porque, hoy, la mayoría de las Barbies viven en un mundo de princesas distópicas y unicornios insoportables y metiches, y cetros y mariposas sacadas de un malogrado rave y vestidos esponjados y castillos, y puras cosas irreales.

Según me contaron mis amigos que celebraron el comercial de Mattel, el triunfo de un mensaje publicitario como el del niño jugando a la Barbie Moschino "tan a la moda que está pasado de moda" (diría el spot de la extinta Radioactivo 98.5, de la Barbie Condechi), tiene que ver con la sensibilización de los padres y familiares y maestros, respecto a empezar a derribar los estereotipos de género que violentan a los niños que juegan a la Barbie.

A ver: ¿El niño no puede defenderse y luego regresar a los vestidos y a la mansión con piscina? La idea de un niño que juegue con una Barbie, ¿lo vuelve automáticamente incapaz de proteger su derecho a jugar con Barbie? ¿Hay que tratar diferente a un niño que juega con una Barbie y a otro que no? ¿Como si fuera un niño con capacidades diferentes? Tanta protección, ¿no violenta la capacidad del niño a defenderse por sí mismo? ¿Hacerlo es de salvajes? ¿Tachar de salvaje a alguien por defenderse no es fomentar un estereotipo?

En Apocalípticos e integrados, Umberto Eco dice, respecto a las historietas de Charlie Brown: "Esos niños nos tocan de cerca porque en cierto sentido son monstruos: son las monstruosas reducciones infantiles de todas las neurosis de un ciudadano moderno de la civilización industrial... si son monstruos es porque nosotros, los adultos, los hemos convertido en tales".

Y con el comercial de Barbie Moschino, la histeria hacia al comportamiento de los niños quedó más que evidente. Pues mientras unos sintieron que su herida de la infancia tuvo una suerte de justicia de marketing poético, otros no perdieron oportunidad de dar rienda suelta a sus observaciones de desigualdad heteronormada, ¿qué aprendería el niño jugando con una Barbie poseedora de una cuenta bancaria lo suficientemente jugosa como para comprarse un Moschino de 2 mil dólares? ¿A qué se juega cuando se juega con Barbies? ¿A novios guapos? ¿A matrimonios? ¿A mujeres exitosas? ¿Profesionistas? ¿Fashionistas? ¿Blancas? ¿No hay una violencia interna entre muñecas bonitas y buenotas, y el resto? ¿Plásticos rubios y oscuros? ¿Eso no sería un generador de violencia?

¿No podemos ver jugar a los niños con la bocota cerrada, sin alabanzas ni condenas?

Ser niño es un asunto realmente jodido. Cierto que hay algo de consuelo traumático en ese mundo sin débitos financieros ni estúpidas carreras por alcanzar la madurez, lo que sea que eso signifique. Pero también es fastidioso y cansado tener que depender de los adultos para prácticamente todo. Y los padres suelen padecer de una, eso sí, muy infantil obsesión por verse como los mejores padres del salón.

A veces, la infancia no es más que el vertedero de frustraciones de los padres y uno que otro idealista amargado.

Desde siempre me persigue una duda: ¿Cuál es la diferencia entre la verdadera infancia y los falsos adultos chiquitos? Porque, si lo pensamos, muchas veces nuestros juegos no eran más que la representación en menor escala del universo de nuestros padres. ¿O de dónde sacábamos los diálogos cuando jugábamos al policía o al bombero o a la comidita o la Barbie?

Pero, como diría la versión parlante de Barbie en Los Simpson, Stacy Malibú, cuando Lisa Simpson emprende una lucha contra el sexismo de su muñeca consentida: "No me preguntes a mí, sólo soy una chica".


Twitter: @wencesbgay
stereowences@hotmail.com