El nuevo orden

El ojo derecho

La sensación de reencontrarte con un ex novio y más de diez años de no saber nada de su existencia, es una mezcla de pueril adrenalina previa a una reunión de ex alumnos, retortijones y precavida lujuria. Como toparte con esa película que sabes es una piltrafa, pero por algún retorcido magnetismo te quedas hasta el final, como Showgirls o Miss Congeniality o cuando te enteras que detrás del icónico parche, Catalina Creel tiene el ojo en perfecto estado y sólo finge estar tuerta para manosear el sentimiento de culpa de José Carlos. Sólo que Cuna de lobos no es una piltrafa y si una pinche obra maestra.

Quedamos en el Belmondo de La Condesa. No suelo mencionar marcas, pero el Belmondo es de unos buenos amigos, programan música en una decoración de maderas y muebles con eco a los setenta, que te hacen sentir como en una escena de un filme de Cameron Crowe, tienen especialidad en sándwiches interesantes a precios nada machados (se despilfarra más dinero en los antros de la Zona Rosa cuya música está ecualizada con las patas), preparan cocteles que en verdad se ajustan al imaginario del gay con buen gusto y la vista a Alfonso Reyes ayuda a disminuir la ansiedad, sobre todo si esperas a un ex novio. Lo cierto es que llevo los últimos días sobreviviendo a una melodramática metida de pata de mi parte. No logro reponerme. Así que ando en una suerte de cadena de buenos actos nomás para levantarme el ánimo y no sentirme tan miserable.

Como siempre, llegó tarde. Y como la Creel en Cuna de lobos, con un parche. Pero lo suyo no era una actuación a lo María Rubio con el objetivo de chantajearme, aunque para ser honesto, por un instante la idea pasó por mi mente. Me contó que tuvo un aparatoso accidente de auto y un pedazo de vidrio le cercenó el ojo izquierdo. Admito que se veía sexy. También confesó sentirse deprimido. Desde el accidente perdió algo de agitación social. Las reuniones con los amigos, las cenas en las que cocinaban mientras destazaban a los ausentes y a los novios de los ausentes, las idas a la función de las nueve de la noche de los musicales de moda, los cafés después de acabar con los remates de verano e invierno habían disminuido. Y cuando sucedía, lo trataban con una condescendencia que al principio lo reconfortaba, pero después lo hacía sentir como un chaperón. Me acordé que teníamos no más de dos cosas en común y que sus amigos me desesperaban a tal grado que tenía que coger cigarro tras cigarro para reprimir las ganas de darles un zape.

Según entendí, lo peor eran esos viernes o sábado de reventón gay, cuando se organizaban para explotar las pistas de baile al ritmo del último éxito de Reik. O la marcha, en la que deambuló sólo la mayor parte del tiempo. Nunca antes había experimentado tanto aislamiento y curiosamente se había acordado de mí. Quería saber cuál era mi técnica para ser gay y sobrevivir sin un círculo de comadres. Chale. Cuando te sientas un freak háblale a Wences. Como ese capítulo de Daria, Miss Missery.

“Los Bruciaga tendemos a ser huraños. Además, los gays tienen comadres, pero yo tengo la discografía completa de los Pogues y esos pinches irlandeses no te dejan tirado”, le dije.

Su vida giraba en torno a sus rituales jotos y ahora el ex atraviesa un drástico cambio en su rutina gay donde todo se cuadra a una patrón homosexualmente preestablecido.

El mundo parece irse acomodando a la derecha, esa que señala de anormales a todo aquel que no juegue usando moldes. La homofobia está cobrando un protagonismo alarmante mientras los nacionalismos se apoderan de los ciudadanos y yo me pregunto, ¿hasta qué punto, los homosexuales y su afán de autoimponerse moldes para usarlos y convivir con ellos y luchar por derechos que se estrellan con instituciones caducas para los bugas y propensas al tradicionalismo en aras de su subsistencia, han contribuido a la ola de conservadurismo que se nos viene?

Recuerdo que cuando salíamos con sus comadres, el ex me decía que por qué no disfrutaba mi homosexualidad tanto como para dejarme llevar por esa porquería del circuit. La disfruto, créeme. Tanto como dinamitar liturgias que construyen convencionalismos conservadores. No hay conservadurismo que no aísle al que se sale del guacal, aunque sus tablas estén pintadas con los colores del arcoíris.

Aunque creo exageraba en sus relatos, el ex daba a entender que sentía un pie fuera del círculo de comadres con el que tanto disfrutó su homosexualidad. Para colmo, todos tenían pareja y además de impedido, creía que un tufo perdedor lo acosaba por no regresar acompañado. Eso le pasa por regañarme cada que ponía cara de fuchi con Offer Nissim y no escuchar a New Order: “Tonight i think i’ll walk alone, i’ll find my soul as i go home”. 

Twitter: @wencesbgay 

stereowences@hotmail.com