El nuevo orden

Como cuando tu mejor amigo le va al América…

No pretendo emitir juicios, y si los hago pues ni modo. Si algo nos enseñó Judy Butler es que el rol de género como performance bien puede ser una elección.

Ahí estaba yo, excitadísimo, nervioso, como si fuese una de esas primeras citas donde las tensiones sexuales van extendiendo una geografía desconocida a punto de ser descubierta y conquistada mediante biologías pornográficas.

Desde luego no era la primera cita. Pero las mariposas mordisqueando mis dos tipos de intestinos producían tal sensación, lujuriosamente conocida y predecible. No suelo hacerme pendejo, me sudaban las manos pues no podía deshacerme de un sentimiento de vergüenza. La última frase que le solté hace poco más de un año fue: “Te voy a romper la madre”. Incluso escribí algo al respecto en este mismo espacio… chale. Lo reconozco, un arranque de frustración y celos eróticos. De la nada, y sin importar nuestro último desencuentro y peor aún, mi resbalón de amasar los lugares comunes más infames de una canción de Alejandra Guzmán o Paulina Rubio al interior de dos puños cerrados (por fortuna los madrazos no hicieron falta), él me buscó, propuso una revolcada y, dudoso, pero sobre todo caliente, acepté. Acordamos vernos 15 minutos después de la medianoche. Ambos fuimos puntuales. Hubo tensión pero duró hasta que nos dimos el primer beso. Después de eso la madrugada fluyó ardiente, los viejos tiempos permanecieron intactos.

En algún momento, mientras recobrábamos el aire necesario para seguir vivos, tuve que pedirle disculpas y él contestó: “¿Qué pedo con nosotros los gays, verdad? De pronto somos un hervidero de hormonas y parecemos mujeres al borde de un divorcio o algo así. Supongo que el secreto es acordarte que al final, eres hombre, como cuando tu mejor amigo le va al América. Te encabronas por la ceguera de un árbitro pero luego te das unas palmadas y ya no hay pedo”. Nos reímos burlándonos de nuestras propias justificaciones misóginas y autoindulgentes.

Desde entonces la idea de que a veces los gays imitamos (¿sin querer?) algunos clichés de las mujeres y que tales arranques devienen en malentendidos torpes, me da vueltas en la cabeza, sobre todo cuando me encuentro en algunos antros y veo a batos barbones murmurándose al oído (mi abuelo decía que aquello era lo peor que podía hacer un hombre), torciéndose, haciendo cualquier maniobra afeminada con tal de no hacer frente a los malentendidos. No pretendo emitir juicios, y si los hago pues ni modo, y lo más probable es que parezca misógino. Si algo nos enseñó Judy Butler es que el rol de género como performance bien puede ser una elección. La bronca es que muchos se atoran en lo performativo como base de una identidad concluyente y aún más insólito es ver cómo muchos hacen de ese performance cotidiano un caldo de segregación, de auto-gueto. Ante una polaroid como ésa, mi posible misoginia resulta inexperta.

Por cierto, ahora que el América quedó fuera de la Liguilla, en verdad espero que no haya pedo, quedamos en repetir pronto…

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