El nuevo orden

Yo fui un joto adolescente vándalo

En mi caso no sólo marché por los normalistas. Lo hice por todos los desaparecidos que aumentan en este país con escalofriante constancia. 

Justo en la parte del camellón que da a la entrada de ese centro comercial muy frecuentado por la comunidad gay chilanga, a una cuadra de la avenida de los Insurgentes, me encontré a un tipo que rara vez lo veo fuera de esas fiestas hardcore en las que coincidimos. Viéndolo con frialdad e inevitable prejuicio, este conocido es una mezcla entre un típico mirrey y el integrante más afeminado de Reik.: “Nunca imaginé que te vistieras así”, dijo. Iba de saco y corbata debido a una junta de trabajo que tuve durante todo el día. Entonces vio que en mi mano derecha cargaba una bandera blanca. En ella podía leerse a simple vista la palabra Ayotzinapa en letras rojas: “¿En serio andas vestido así apoyando a esos vándalos?”.

El mirrey afeminado no es el primero al que le escucho hacer una analogía precipitadamente moral entre normalistas y vándalos, cosa que me resulta beatona. Sobre todo viniendo de un pasivo. Muchos bugas nos ven como vándalos de la naturaleza reproductiva, para empezar. Y ahí estamos chillando porque nos discriminan, porque rompemos ciertas reglas que los bugas dan por universales. Por favor, ¿qué adolescente puede resistirse a la tentación del vandalismo? Mis primeros casetes de Nirvana y Henry Rollins y Sonic Youth y Lisa Stanfield los robé del Soriana Revolución allá en Torreón. Una patrulla me detuvo por faltas a la moral en los bordes de la Basílica de Guadalupe. Si los normalistas roban y queman camiones y afectan a terceros merecen sanciones penales. Pero dentro de un Estado de Derecho.

En la pasada marcha nocturna del 22 de octubre en apoyo a los familiares de los 43 estudiantes normalistas desparecidos, donde a la luz y al calor de veladoras y antorchas que inundaron el pavimento del Paseo de la Reforma se exigió la presentación con vida de los normalistas, así como castigo a los responsables, casi no vi banderas con los siete colores del arcoíris ondeando por encima de nuestras cabezas. Las hubo, pero no eran más de tres y todas pertenecían al contingente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. El Gobierno de la Ciudad de México difundió su propio cálculo: 50,000 asistentes. Yo podría asegurar que tal cifra se rebasó por una docena de miles, siendo moderado. Como sea, de aquellos más, mucho más de 50,000 asistentes, yo sólo pude detectar tres banderas de arcoíris. Quise encontrar una pero no lo conseguí.

En mi caso no sólo marché por los normalistas. Lo hice por todos los desaparecidos que aumentan en este país con escalofriante constancia. Entre ellos mi amigo Francisco. Marché contra la vomitiva corrupción de nuestros políticos. Contra esa violencia soterrada a la que los homosexuales también estamos expuestos. Marché contra esos homosexuales que con una ligereza prepotente y antipática están convencidos que los normalistas, vándalos o no, merecen la desaparición o peor aún, ser torturados. Me resulta tan nauseabundo como aquellos homofóbicos que golpean hombres por el simple hecho de ser homosexuales.

stereowences@hotmail.com

http://twitter.com/wencesbgay