El nuevo orden

Homosexualidad primavera-verano

Me sugirió, en plan yoga-nivel-avanzado-iluminado, que en mis propósitos de año nuevo debería eliminar mis posturas radicales y cascarrabias y a todo farol machistas, que no ayudan a la sensibilización de la problemática gay y en cambio sí promueven una homofobia internalizada, “quiero decir, ¿por qué no te propones evolucionar? Tu confrontación, tus referencias punk que a nadie le interesa, tu visión de la homosexualidad, es tan ochentera…”.

“Y cuando soy testigo de esta ordinaria necesidad de cambiar, expresada en el deseo de volverse otra persona, una tristeza prematura abre una ventana en mi ánimo. ¿Hasta qué punto puede uno en verdad cambiar su vida? Ya el tiempo, armado de su paciencia eterna, se encargará de echarnos a perder, de aniquilar las utopías por tanto anheladas, o de tornarnos otros”, escribe Guillermo Fadanelli en la primera páginas de El Idealista y el Perro.

Con un demonio. Había olvidado uno de mis propósitos de la Navidad del 2015: nunca volver a ligar con instructores de yoga, por mucho que le hagan al tantra vanguardista dando clases de yoga al desnudo. Llegan a ser verdaderamente insufribles cuando insisten en alinear tus chacras como si fueras el automóvil más contaminante de la fase más ciberpunk de contingencia ambiental; no suelen hacerse responsable de sus decisiones, la culpa de sus movimientos o desplantes siempre la tiene la vibra, la energía, el cosmos o Plutón, pero nunca su voluntad. O al menos así me han salido. Cobardes.

Hace mucho que dejé de hacer propósitos que no tengan que ver con conciertos de bandas o rounds de box aficionado, partirme la madre con en el más gañán de la clase, que también suele ser el más porno.

El instructor de yoga al desnudo no ha sido el único. Algunos más me han acusado de promover una homosexualidad anticuada. Un bato que se describe como enemigo rotundo del orgullo machín aseguró que mis fetiches hasta la madre de testosterona es cosa del pasado y lo de hoy es romper con el sistema binario de género. Diarrea de léxicos para justificar simple jotería sin sufrir rasguños de homofobia y jugarle al delicado ilustrado, se creen tan sabiondos que se entrometen en cualquier tacón haciendo sentir culpables y rupestres al resto de orangutanes que no comparten su visión. La tiranía de las inseguridades travestidas de soberbia conciencia social.

Entonces quedan turulatos cuando las y los genuinos activistas del género como la también feminista Gloria Davenport responden cosas como: “Las mujeres trans nos desentendemos de discursos victimistas”. Tómala.

No obstante me inquieta la condición con la que el instructor de yoga o el enemigo del orgullo machín perciben la homosexualidad, lo de hoy, como prendas condenadas a caducar y por lo visto algo dispuestas a seguir la tendencia del futuro. ¿Un asunto de aparador y no de convicciones? Quizás por eso somos un grupo vulnerable, atormentado por la hipocresía conservadora que se esconde y regresa, pero nunca desaparece, y las marchas del Frente Nacional por la Familia nos producen pesadillas; no somos capaces de remozar y defender nuestras convicciones, por muy igualitarias, prosaicas o machistas que sean, aunque éstas vayan a contracorriente de la tendencia. En el fondo nos aterra nuestra homosexualidad y por eso no cuestionamos los apapachos para defender nuestras convicciones, como diría Hegel: “El exterior es un reflejo de lo interior”.

Y mi interior son chacras hechos de pólvora.

“Si no te gusta el sistema que te rodea, invéntate uno”, decía Greg Ginn, el fundador de la banda precursora del punk-hardcore Black Flag y esa premisa ha sido una constante a lo largo de mis años nuevos. ¿Los gays hemos inventado nuestro sistema o nos dejamos llevar por la volátil salvación de las modas sociales? Como el matrimonio, mientras nos pisotean al mismo tiempo, arrestándonos por ejercer esa otra homosexualidad que no se ajusta a la ideología de moda; autocensurando nuestros fetiches para evitar el linchamiento de ser percibidos como unos Polo Polo en rosa. 

Desde luego no soy el mismo morro que se masturbaba de adolescente con la quijada de Henry Rollins, pero la mutación sigue el mapa de mi propio campo minado y no la ruta del arcoíris, a veces complaciente, comodina y conformista.

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