El nuevo orden

Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus y los gays de Plutón

Me agradó  que hubiera un papá enseñando a su niño cómo defenderse a golpes, sabiendo que las intimidaciones escolares serían pan de todos los días.

Más que odiosos, los clichés producen pereza. Muchos se quejan de ellos, pero pocos están dispuestos a sacudírselos. A pesar de que Cuatro Lunas, ópera prima de Sergio Tovar Velarde, sí hace un buen ejercicio de visibilidad gay, aspecto que nunca puede regatearse, la cinta termina por ser un ramillete de clichés bastante aceptados y asimilados por buena parte de los gays nacionales.

Según mi personalísimo recuento, en Cuatro Lunas destacan un par de secuencias filmadas con cierta agudeza libertina y desde una honestidad frontal pocas veces vistas en el cine mexicano. Por ejemplo, aquella en la que dos chicos universitarios llevan a cabo su primera penetración anal en medio de calenturas y torpezas es capaz de arrancar cachondas carcajadas hasta en el homofóbico más persignado. O cuando uno de esos universitarios intenta confesarle a su madre que es homosexual y ella, con los ojos anclados en la pantalla del televisor y el alma enganchada a la telenovela de horario estelar como terapia para sobrellevar el recién fallecimiento de su esposo, interrumpe el diálogo de su retoño diciéndole, distante y sosegada y sin melodramas, que se ahorre sus confidencias y a ella la deje tranquila. Revelar que nos gusta por detrás a nuestros padres encubre un desapercibido riesgo: el de confundir liberación con imposición y apoyo con alcahuetería. Me agradó que hubiera un papá enseñando a su niño cómo defenderse a golpes, sabiendo que las intimidaciones escolares serían pan de todos los días, toda vez que el gusto de su hijo por andar agarrando los penes de sus compañeros salió a la luz frente al director del colegio, echando abajo esa patraña de que los gays dialogan pero nunca cierran los puños. Y la historia entre el abuelito y el chacal es un retrato de la cruda discriminación al interior de los saunas gays.

Pero un puñado de chispazos no son suficientes para sostener un filme atiborrado de lugares comunes, chantajes lacrimosos y tantos diálogos predecibles como para atragantarse, como aquel cuando preguntan: “¿Cuál es tu escritor favorito?”. En efecto. Una vez más. Oscar Wilde. ¿Por qué nunca se les ocurre mencionar a Thomas Mann, E.M. Foster, Tennesse Williams? Le peor es que sólo apelan a la memoria fácil de su mariconería refinada, lo cual me resulta una falta de respeto al gran Oscar. De hecho, mientras veía esta escena, me acordé de las primeras líneas del ensayo El alma del hombre bajo el socialismo de Wilde, donde apunta: “La principal ventaja que acarrearía la implantación del socialismo es, sin duda, la de relevarnos de la sórdida necesidad de vivir para otros que, en el actual estado de cosas, tanto presiona sobre casi todos. En realidad, casi nadie escapa a ella”. Ni los homosexuales y Cuatro Lunas es un buen ejemplo de ello, una película pensada para satisfacer las fijaciones del gay promedio, al mismo tiempo que busca la aprobación de los bugas enamoradizos partidarios de las moralejas radicales.

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