El nuevo orden

La gran ciudad

Lo bueno de vivir en la gran ciudad, es que las posibilidades del sexo anónimo te facilitan olvidarte de ciertos cabrones. La provincia nos odia, tiene forma de conservadurismo...

Nunca he estado orgulloso de la estatura que, según mi padre, es propia del norte. Que a veces me pongo jamaicón, sin duda. Pero una, dos semanas en Torreón, un lonche de pierna o de frijoles con queso que sólo mi tía Raquel sabe preparar, tres gorditas de harina, una buena hamburguesa, un tanque en el Ciriaco bastan para aliviarme.

Hace pocos días por fin pude entablar contacto con un bato al que le traía ganas, parroquiano en unas fiestas hardcore. A las 7 de la mañana nos fuimos a desayunar tacos de maciza. Resultó ser ingeniero de Puebla que vive en Tabasco, casado. Le interrumpí preguntándole cualquier cosa de la reforma energética con tal de no enterarme si tenía hijos. Viene al DF sólo para tener sexo con hombres y su doble vida no le causa ni un grano de arroz de conflicto. Decía que su salida del clóset mataría a sus padres, se morirían y nunca se lo perdonaría. Meses antes me estuve besuqueando con un gordito orgulloso de haber nacido cerca del Pacífico, tuvo una novia y a pesar de que hace más de cinco años terminó con un bato con el que duró diez, sigue sin superar su pérdida. Supe que anduvo, ingenuamente, diciendo fatalidades de mí. Al principio quería sacarle el aire… de acuerdo, sigo siendo provinciano. Hoy sólo me recuerda a esa gente que me contaba chismes sobre las amantes de mi padre, allá en Torreón. Lo bueno de vivir en la gran ciudad, es que las posibilidades del sexo anónimo te facilitan olvidarte de ciertos cabrones.

La provincia nos odia, tiene forma de conservadurismo y se alimenta de los buenos modales. Si estos fallan, los chismes son un suculento postre. Ante eso los homosexuales no tenemos más opciones que huir. O adaptarse. Quizás por eso las parejas gays de provincia suelen durar muchos años. Usar una polo, oler a Calvin Klein, un buen auto en la cochera y salir a regar las plantas siempre ayuda a tener contentos a los vecinos. Emular la rutina buga es una respetable decisión; desafiarla es complicado y hasta contraproducente. Pasa que siempre preferí el desorden, la rebeldía y a los vecinos antipáticos.

Cierto que muchas ciudades de provincia están confrontado el orden buga con marchas del orgullo gay, pero no dejo de pensar que el conservadurismo también se alimenta de los territorios pequeños, los suburbios tan cerca de los malls.

Coincido totalmente con Thomas Bernhard cuando en su libro El sobrino de Wittgenstein sentencia: “Hoy todos corren de la ciudad al campo porque, en el fondo, son demasiado cómodos para utilizar la cabeza, naturalmente puesta a prueba de una forma radical en la gran ciudad, ésa es la verdad, y prefieren extinguirse en una Naturaleza a la que sin conocerla, admiran sentimentalmente en su estúpida ceguera”. Aunque cada vez más obsesionados con el cliché, las comunidades gay de las grandes ciudades tienen que usar la cabeza de una forma radical. De otro modo no existirían los sex clubs, los saunas tan extensos como un edificio cualquiera. La naturaleza de la provincia y su estúpida ceguera queda demostrada con la esposa del ingeniero. Y los gorditos que te rompen el corazón. 

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