El nuevo orden

El fraude de la discriminación homosexual

Siempre he preferido a los UK Subs y The Clash por encima de los Sex Pistols. 36 años ya va siendo una buena edad para aceptar que los Sex Pistols fueron la primera boy band confeccionada por Malcom McLaren y Vivienne Westwood, la mujer que décadas más tarde terminaría diseñando el vestido de novia de Carrie Bradshaw para la película Sex and the City. Dicho esto, suelo escuchar a los Pistols con respeto pues al menos tuvieron los huevos de verse al espejo y reconocer el fraude en el que se habían convertido. El 14 de enero de 1978, Rotten salió al escenario del Winterland Ballroom en San Francisco, mientras las guitarras sonaban, cogió el micrófono y se dirigió a la audiencia: “¿Alguna vez han tenido la impresión de que han sido engañados? Buenas noches…” y justo cuando aventó el micrófono con el rostro fastidiado, acabó, sin proponérselo y para siempre, con la historia de los Sex Pistols. Algunos dicen que el punk así en general también espetó sus últimos acordes de vida esa noche.

Cada determinado tiempo en algunos noticiarios y círculos de opinión vuelvo a escuchar lo mismo: más del 30% de los mexicanos no vivirían cerca de un homosexual. Luego entro a sitios web como Manhunt: aproximadamente 1 de cada 14 perfiles homosexuales escribe no querer tener sexo con prietos feos, a veces se acumulan hasta 10 perfiles uno tras otro donde puntualizan su estricto rechazo a los afeminados, cuando muchos de esos mismos que exigen masculinidad absoluta se saben de memoria las coreografías de Jeans y OV7 como si tuvieran la melena larga, hasta la espalda.

“Si un alma atenta se contempla ante el espejo se encontrará con un fraude de grandes dimensiones… Reconocer el fraude es abrir las ventanas y escuchar el ruido que hacen los cocineros cuando afilan sus cuchillos”, escribe Guillermo Fadanelli en su último libro de ensayos, El idealista y el perro, y sus palabras me revelaron esa necedad de no contemplarnos atentamente, en lo individual o como comunidad LGBTTTI. Nos negamos a escuchar el ruido que provoca la discriminación entre nosotros, los homosexuales.

Luego se me vienen encima: “¿Por qué te obsesionas en ver ese lado de la comunidad? ¡No todos somos así! ¡Eso no nos ayuda!”, y suelen agregar más signos de admiración. En realidad quieren gritarme.

Nunca pretendo escribir queriendo socorrer. Más bien soy un vouyerista de la descarnada doble moral gay, cada vez más desatada y bien vista, por cierto. Pero si de ayudar se trata, sería más sano reconocernos en el fraude que engendramos cada vez que nos escandalizamos que 30% de los mexicanos no vivirían cerca de nosotros, pero especificamos que: “Me dan asco los osos, abstenerse iztapalapeños, nacos o hijos de Moctezuma”.

¿Alguna vez han tenido la impresión de que han sido engañados? A diferencia de Rotten, somos incapaces de terminar una historia y escribir otra. Una mejor.

Buenas noches…

@wencesbgay