El nuevo orden

El calabozo de Esteban Arce

Es un principio básico: “En este mundo se necesita tener una postura… y todos tenemos derecho a lo que a uno se le pegue la gana”, dijo el artista y cineasta Artemio Narro en un intenso debate sobre arte contemporáneo. Por cierto: soy fan. Me identifico cabrón con la obra de Artemio, provocadora y desafiante, que no dejan indiferente, siempre dispuesto a hacer papilla cualquier colchón de confort, por muy tolerante, incluyente o buena onda que sea éste.

Se necesitan huevos no obstante, que todos tengamos derecho a lo que se nos pegue la gana permite a los conservadores abrir la boca y manifestar su escándalo cuando se topan con algo que atente su dispositivo de convencionalismos esclavizados a la bendición de una hipocresía, a veces funcional, pero inquisitoria.

Esteban Arce es una variación de Juan Camaney, bravucón y snob, pero no tiene miedo a decir lo que piensa, hay que reconocérselo: “A veces me cuesta hablar de estos temas (los valores familiares) porque soy políticamente incorrecto, ser políticamente correcto en estos días es hablar de la ideología de género, una ideología que viene de a nivel mundial (sic) y que va contra la naturaleza humana”, dijo Arce en su ponencia, parte de la mesa de discusión titulada “Valores, familia y libertad de expresión” organizado por el Segundo Congreso Universitario de la Comisión de Educación de la Coparmex de San Luis Potosí. Luego, dijo, palabras más palabras menos, que los niños no tenían por qué ver a dos hombres “apareándose” y que solo hay hombre y mujer, que si los perros, los toros y los refris. Arce dejó clara su postura en el mundo: familiar, reproductiva, fanática, católica y a todas luces homofóbica. Los estudiantes que escucharon su conferencia le increparon su discurso, cuestionándole que había hablado de valores familiares y heterosexuales pero nunca de libertad de expresión. El ex calabozo respondía encabronado e intimidatorio.

No me trago que Arce sea el Jello Biafra mexicano. Su supuesta incorrección política se basa en dogmas a blanco y negro, tan infalibles como una película de Joaquín Pardavé.

Muchos gays protestaron, con razón y con la voluntad del ofendido.

Pero a pesar de su mamarrachada, Arce en algo tiene razón: muchos homosexuales han hecho de la corrección política un caparazón de polietileno, una patética bandera blanca que prefieren ondear antes de arremangarse, de dar batalla, de limpiarse la sangre fresca de la nariz o las encías si es necesario, sin importar que seas afeminado o Drew Sebastian, el actor porno. Por eso sus discursos homofóbicos provocan más ofensa que ira: de algún modo rompe la burbuja en la que insistimos habitar.

Arce nos mete el pie a nosotros los jotos y muchos prefieren lamerse las heridas y el pavimento, coquetear con la compasión. Los homofóbicos fanfarrones como Arce se alimentan de nuestra testaruda manía de hacernos pendejos con la hostilidad del mundo, de confundir tolerancia con la idea de que las personas tienen que adaptarse a nuestros ahogos, cuando también tenemos derecho a ser degenerados, rebelarnos y defendernos, incomodar, en lugar de abrazar la domesticación como herramienta de igualdad o inclusión.

Vuelvo a citar a Artemio: “Ser tolerante es faltarse el respeto a uno mismo”.

¿Cuántas veces nos faltamos el respeto los jotos?

Dicen que Arce no puede ser homofóbico, que el micrófono le da una responsabilidad en la que no cabe la promoción del odio, siempre tratando de que Arce entre en razón, compitiendo inútilmente con su moral añeja, tratando que podemos ser tan familiares como él: incluso más. Los más damnificados con las palabras de Arce eran aquellos homosexuales que ven amenazada su posibilidad de esclavizarse a las rutinas familiares según las postales bugas cada que un conservador fanático defiende el matrimonio solo entre hombre y mujer. Y yo, que soy un pagano de la devoción familiar solo puedo decir que Arce me la pela.

A mí me vale madres su micrófono y su responsabilidad. Pero sí creo que nosotros tenemos la responsabilidad y el derecho de llevar nuestra homosexualidad hasta sus últimas consecuencias, de romper con un tubo los escaparates del conservadurismo que nos imponen expectativas que nunca pedimos.

Twitter: @wencesbgay

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