El nuevo orden

Los efectos secundarios de Salvador Novo

me imagino a un Novo heredándonos ese lugar común del gay de debilidad emperifollada, afeminadito pero ante todo ilustrado… con una rotunda negación a burlarse de sí mismo.

El pasado 13 de enero se cumplieron 40 años de la muerte de Salvador Novo.

Supongo que todos los gays mexicanos que nos tomamos el hábito de la lectura más o menos en serio pasamos por los textos de Salvador Novo como una suerte de obligado ritual. Repito, lectura en serio, chutarse a Elizabeth Gilberth y peor aún, en uno de esos cafés en los que todos aquellos que ordenan un chai-latte se sienten como en un capítulo de Friends no cuenta.

Me gusta Novo. Si no me equivoco, fue el último poeta del que leí sus obras completas. En lo personal me gustan más sus crónicas (que escribió en una época en la que este género no gozaba precisamente de una popularidad sobre todo en las elites literarias). Y su autobiografía erótica La estatua de sal me sigue estremeciendo cada vez que vuelvo a leerlo, quizás porque sitúa a Torreón, Coahuila, como un desértico escenario de sus primeros besos con otros hombres y de alguna manera me remonta a mi propia adolescencia lagunera, en la que también probé y saboreé los primeros bigotes de mi vida, en una casa sin muebles cerca del bosque Venustiano Carranza, o en un departamento del Paseo de la Rosita, casi enfrente de la primaria Anexa a la Escuela Normal.

Me gusta Novo. Su obra y su pluma transgresora aunque sujetada por ornamentos de cristal de Murano.

Su personalidad, por otro lado, es la que me provoca sentimientos encontrados. Referido como un vanguardista. Me queda claro que parte de su vanguardismo es vinculado al trabajo cultural, sus puestas en escena, adelantadas para la época, sus traducciones. Pero veo que muchos no pueden resistir la tentación de ligar parte de su vanguardia a la personalidad extrovertida de Novo, revoltosa, que sobre todo fastidiaba la virilidad que reinaba por esos días de cruda revolucionaria. En su contexto histórico puedo entenderlo aunque, admito, no me convence.

Bajo mi muy peculiar óptica, revisando parte de la historia homosexual, acordándome de los compañeros abiertamente gays con los que compartí mesas, cafés y cigarros Alitas en uno que otro taller literario, no puedo sino imaginarme a un Novo heredándonos ese lugar común del gay de debilidad emperifollada, afeminadito pero ante todo ilustrado, siempre listo a disparar balazos de soberbia ironía en el momento atinado, pero con una rotunda negación a burlarse de sí mismo, por ende, atollando toda clase de humor proveniente del exterior. Pose tan latente aún en la segunda década del siglo XXI. Y es curioso porque suelen ser esos homosexuales ilustrados los que se manifiestan su rechazo precisamente a ese cliché del afeminado cotorro, dibujado tanto en el imaginario colectivo como los que replican muchos medios de comunicación.

Admito que puedo estar equivocado hasta el fondo de un frasco de poppers. Sirva esta pequeña provocación para retomar a Salvador Novo. O empezar a leerlo en el caso de las nuevas generaciones, perdidas entre el circuit y las babosadas de Elizabeth Gilberth. Aunque no lo sepan, aunque lo quieran negar, cada que bailan a Cher, están recordando a Novo.

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