El nuevo orden

Día de las Madres

A mi madre le gustó La chica del grupo, la biografía de Kim Gordon, supongo se sintió identificada con el modo en que descubrió la infidelidad de Thurston Moore, pero aborrece a los Sonic Youth, dice que es puro ruido mamón para farolear y sentirse bien-acá y ningunear al resto de los mortales, acusándolos de simplones. A mí me cambiaron la vida, fue una gloriosa pérdida de la inocencia, me enseñaron que el mundo posee un inevitable lado caótico y extremo y negarlo sería un acto cobarde. Por eso llevo tatuada la lavadora del Washing Machine, su disco de 1995, en el brazo izquierdo como forma de agradecimiento. El soundtrack perfecto cuando cobras conciencia del tremendo placer que te produce tu mismo sexo mientras todo lo que te rodea daba por hecho que lo tuyo debían ser las tetas. Cuando sales del clóset también coges una pistola que disparará sobre tu destino presupuesto por unos padres, una familia, vecinos, amigos, maestros que te asumen heterosexual, hasta que demuestras lo contrario. 

La semana pasada traje a cuento una frase de King Coffey, el baterista de esa sublime banda de orates haciendo psicodelia psicópata, los Butthole Surfers: “si quieres que la música rock sea realmente satisfactoria, tiene que ser algo que tu madre odiaría”.

Sí, lo he dicho hasta el cansancio, pero prefiero ser un narcisista melómano que andar jugándole al gay con más conciencia antiheteropatriarcal que erecciones: también empecé a perder la inocencia en dos momentos clave, cuando escuché a Bryan Ferry cantar Slave tolove en 9 semanas y media y con el video Cursed Female de los Porno for Pyros; ese video que rotaba la Mtv fue decisivo en mi jotería, un chico tan solo un poco mayor a mi edad de principios de los noventa, buscando vergas en baños de lavanderías, desvencijadas gasolineras y  percudidos bares de Los Ángeles que se habían convertido en gays como única opción para no caer en la bancarrota, con un outfit militar y las botas mineras lustradas con fetichista obsesión. La voz de Perry Farrell y las crudas guitarras de Peter Di Stefano me retorcían las tripas como si estuviera viendo una porno. Por ese entonces trabajaba los fines de semana lavando vasos en el Ciriaco Bar de Torreón y  compré el casette de Porno for Pyros y de paso me robé el de Nirvana de un Soriana.

Los gays de hoy ya no se roban nada. Para ser miembro del mentado mercado rosa se tiene que vaciar la cartera, sin eso, las marcas que se jactan de incluyente no tendrían razón de ser. Tampoco pierden la inocencia, no del todo: el descubrimiento de la homosexualidad de estos días se da entre la ansiedad por exponer tu vida en la redes sociales y el clickbait como sustituto de la sensación de albedrío. La inocencia gay es arrebatada por una competitividad ideada por unos cuantos ejecutivos que han hecho de los derechos gays mercancía de consumo y pedantería académica que prostituyen términos como igualdad o heteropatriarcado para paliar complejos y una incapacidad de afrontar la realidad que tarde o temprano muestra sus verdaderas encías, como en la trágica masacre del club Pulse de Orlando.

Si algo me enseñó el video de Cursed Female de Porno for Pyros, es que la realidad no se ajusta a nuestras desventajas y mucho menos hace caso a los chantajes.

Supongo que a muchos gays el rock extremo no les entra porque eso implicaría cierta rebeldía con el regazo materno y por encumbrar sandeces como La Méndez y hasta la convierten en Reina de la Marcha del Orgullo y a Lady Gaga la elevan como la heroína de la diversidad sexual cuando su pop es tan dócil como las conformistas y bugas moralejas de Disney y por lo mismo me cuesta trabajo creer que se pierde la inocencia gay con ella, de hecho, perpetúa la vulnerabilidad de la edad de la inocencia mediante ilusiones ópticas de inofensivo pop y estruendosas lentejuelas que distorsionan la realidad, que es dura y no bajará la guardia ni nos tendrá compasión a los putos solo por seguir las órdenes y coreografías de una artista multimillonaria que asegura para defenderte de los chingadazos de la vida, basta con protegerte bajo extravagantes vestuarios, que roban miradas, aunque en el interior se geste un sentimiento de enclenque orgullo.

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