El nuevo orden

El confort de la homofobia

Ya sea por temor a enfrentar el mundo con cierta sensación de inseguridad a cuestas. O por comodidad simplemente, después de todo, si algo tiene la burbuja de confort es mantener los peinados en su lugar, los zapatos limpios y las uñas intactas. Pero algunos gays son tan incapaces de abandonar el gueto rosa como de resistirse a no perder el tiempo en los pasillos de la sección de hogar de las tiendas departamentales, maravillados por las vajillas de colores chillones.

Luego entonces, la lucha contra la homofobia siempre termina en montones de pies agujereados por nuestras propias balas. De nada sirve alzar la cabeza por encima del muro pintado de arcoíris para exigir respeto, si al final regresaremos a nuestras comadrejas. Como aquella vez que después del revolcón, llevé a un bato a la Pulquería de los Insurgentes y en algún momento me dijo que mis libros de Irvine Welsh y Fadanelli y mis discos y mis amigos eran demasiado bugas. Según su diagnóstico, el de un psicólogo que ponía sus decisiones e impulsos al servicio del tarot y el feng shui, se debía a que los ambientes gays despertaban inseguridad en mí. Le di chance de anotarse un gol profesional mientras le daba vuelta a sus palabras entre sorbos y besos robados. Puede ser. Pero sentirme seguro en una habitación de paredes acolchadas, jugar al hetero estable que tiene sexo anal, al igual que la aprobación, me aburren sobremanera. Los retos me excitan; desafiarme y agarrar la comodidad a tubazos, aunque me rompa la madre mientras tanto. Prefiero cargar cicatrices que indignaciones de tocador. Las cicatrices son sexys, aparte.

La homofobia es culera. Destruye espíritus y aplasta corazones. Y sigue existiendo porque insistimos en regodearnos en una vulnerabilidad de bisutería. Nuestro miedo alimenta al homofóbico más manchado pues sabe que hemos hecho del pacifismo una perversa y chantajista versión de poner la otra mejilla. 

¿Cómo pretenden acabar con la homofobia sin meter las manos y coreando rolas de Lady Gaga? Creyendo que la extravagancia es suficiente para convencer a una manada de homofóbicos.

“No vamos a hacer nada solo con los brazos cruzados, solo haciendo nada con este tipo de protestas y permitiendo que el agresor haga de las suyas… nunca más pondremos la otra mejilla”, dice Jamal Joseph en el documental de The Black Panthers: Vanguard of the revolution, sobre la historia de esa violenta organización que buscaba dignificar a la población afroamericana de los Estados Unidos de Norteamérica a finales de los sesenta, como una forma de confrontar el racismo y la segregación. No muy distinto de la marginación a la que a menudo nos enfrentamos los homosexuales. Por eso me gusta el gansta rap, su flow me ha enseñado a no dejar que un homofóbico se vaya limpio.

¿Quién dijo que ser gay era tan fácil como un domingo es Disneylandia?

Sin contar que a menudo los activistas prefieren pelearse entre ellos con tal de que el ego tenga un lugar privilegiado en el cuadro de honor, en lugar de emprender una batalla contra los homofóbicos que desean nuestro exterminio.

México decretó el 17 de mayo como el Día Nacional de la Lucha contra la Homofobia, pero nos encanta hacernos pendejos con la sustancia activa de esta conmemoración: la lucha, que implica además de una buena dosis de golpes, abandonar el cuartel arcoíris e imponernos sin mendigar aceptación o tolerancia. Creo en el diálogo, el debate, el exhibicionismo y la pornografía como una forma de guerra. Pero no es suficiente. Y por mucho que me orine en los calzones el mundo no dejará de tener su lado hostil. De nada sirve exigir derechos si solo tenemos ojos para nuestras propia braguetas y los convencionalismos bugas que han sido caldo de cultivo para la doble moral, es divertido, pero el mundo no somos nosotros, aunque la palabra igualdad nos haga perder la perspectiva de la otredad y la diferencia.


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