El nuevo orden

La otra cara del plantón de Mario

Fue en Monterrey donde ocurrió mi primer desastre amoroso cuantificable en metros cuadrados. Supe que las cosas no irían bien desde que pisé por primera vez su departamento de la colonia Cumbres; maletas en mano, percibí que de algún rincón de lo que sería mi nuevo hogar provenía un penetrante olor a pomada Iodex.

Cuando me presentó a su círculo de amigos tuve que resignarme a la idea de que aquello no tendría futuro: un grupo de dos parejas y tres solteros homosexuales, asumidos al menos en el interior de aquellas cuatros paredes adornadas por fotografías a blanco y negro de Rita Hayworth o Bette Davis, más orgullosos de ser regios que homosexuales, o al menos esa impresión me dieron. Chicos de comicidad cuyo humor sólo podrían entender las conductoras de Ellas con las estrellas, me decían que el hecho de que yo escuchara a The Postal Service con el botón de repeat presionado no me hacía un gay normal. Parecía preocuparles mucho la normalidad a esa pandilla con debilidad por uniformarse con el suéter echado a las espaldas haciendo un nudo con las mangas a la altura del pecho. Uno de ellos se definió tan normal como para permanecer en el clóset por amor a sus padres: sabía que a ellos la homosexualidad les resultaba aberrante y él era un mal hijo, eso nunca, nunca les arruinaría la vida confesándoles que ese mejor amigo con el que sale todos los fines de semana era en realidad su novio.

Más tarde, debatiría con un buen camarada regio y orgulloso panista (curiosamente se viste igual que los amigos que odiaban a The Postal Service) sobre el comportamiento acaso exhibicionista de algunos hombres abiertamente homosexuales, como yo, por ejemplo: “Quizás en el DF a los gays les guste hacer activismo mediante el escándalo, pero Monterrey no es así, aquí somos más discretos. Aquí para abordar la discriminación no se tiene porqué andar discutiendo de la homosexualidad a los cuatro vientos” aseguraba.

Siete años después, Mario Rodríguez Platas llegó a la plaza, montó una pequeña carpa sin más muebles que un escritorio de poliuretano desmontable. Se trataba del inicio de una protesta pacífica pero imposible de pasar inadvertida a las ventanas del Congreso, cuyo objetivo es recaudar firmas para que diputados aborden la posibilidad de dos iniciativas de ley: una contra la discriminación y otra a favor de la aprobación del matrimonio igualitario. De las firmas acumuladas Mario logró invocar el performance y de ahí al arte instalación, al baile, las escandalosas fiestas, las notas en los periódicos.

Lo inaudito: gays, pero sobre todo familias bugas se solidarizaron con la petición de Mario, dejando su rúbrica en una lista que exige visibilidad ante el escarnio regio.

Mario Rodríguez Platas, además de poner el tema de la diversidad sexual en la agenda pública, ha logrado sacudir esa tendencia conservadora de una parte de la sociedad regiomontana, hasta hace poco motivo de orgullo.

Me pregunto si los amigos del ex de Cumbres ya habrán firmado la petición de Mario.

@wencesbgay