El nuevo orden

El candidato guapo, el alcalde gay y el feo

Basta recordar el desolador paisaje de pelucas despeinadas y mutiladas después de aquellas batallas por ver qué comité organizaba las marchas del orgullo gay.

Cuando Benjamín Medrano, tipo con la gallardía y porte suficiente para usar el sombrero vaquero, salió del clóset, muchos gays no tardaron en demostrarle su simpatía. No cesaron las felicitaciones. México por fin tenía un alcalde abiertamente homosexual. Como si eso fuera un escalón sólido rumbo al primer mundo (recuerdo esa tarde en el patio de la Cineteca Nacional, en la que Bruce LaBruce me contó su estupor al ver a los homosexuales hundirse en un lodazal de consumismo y aburrimiento). Lo que más se decía de él es que era guapo.

El 17 de julio del año pasado, Reporte Índigo publicó el reportaje titulado El príncipe de Zacatecas sobre las finanzas irregulares en la administración de Medrano como alcalde de Fresnillo. Según Reporte Índigo, Medrano adquirió una casa valuada en 8 millones de pesos: “Sin embargo el documento notarial de la compra señala un monto de 1 millón 600 mil pesos, lo que pudo haberse hecho para evadir al fisco”, apunta el texto. Además, se mencionan otros gastos en camionetas blindadas, relojes de aproximadamente doscientos mil pesos, zapatos Louis Vuitton. Fresnillo es un municipio donde entre el 50% y el 75% de su población vive en condición de pobreza según de Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). 

Hace pocos días, un buen cuate escribió en su muro virtual una observación relacionada a la candidatura de David Razú para jefe delegacional de la demarcación Miguel Hidalgo en la Ciudad de México. Son tiempos electorales. Básicamente su comentario tenía que ver con lo guapote del Razú, aspecto que, bueno, ni cómo negarlo. Es alto, rapado, con la barba cerrada y una mirada desafiantemente sexy. Y aunque el buen cuate no lo mencionó, la historia se encarga de acomodar los hechos sin sensiblerías: Razú fue uno de los activistas más obstinados para que el matrimonio entre personas del mismo sexo fuera una realidad en la Ciudad de México.

Tampoco me resulta descabellado percatarme de cómo emplean hoy día el término intenso. Basta con recordar el desolador paisaje de pelucas despeinadas y mutiladas después de aquellas batallas por ver qué comité organizaba las marchas del orgullo gay de años pasados.

Era una ligereza. Pero las palabras del buen cuate incitaron a un debate, a mi parecer, nada ocioso: alguien por ahí dijo que se debía tener cierta precaución en ligar la palabra candidato con el adjetivo de guapo, pues eso frivolizaba la intención de voto. De algún modo yo me uní a esta percepción. Otro respondió que habría que bajarle a nuestra intensidad política, que sólo se trataba de un comentario coqueto. Uno más sugirió que aunque mal políticos, corrupción incluida, al menos quedaba el consuelo de que eran unos corruptos guapos… ¿de verdad?

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