El nuevo orden

"Call me by your name", la revancha: el chantaje de la representación

Lo dije la semana pasada: no es una película mala. Y mucho menos una tragedia.

Luca Guadagnino cojea en su regodeo por ensanchar una de las fantasías más predecibles en cuanto al descubrimiento homosexual y el romance gay, y no dejo de pensar que es un bien librado plagio, o apropiación, de Stealing Beauty de Bertolucci.

Hace un par de semanas, Guillermo Fadanelli escribió en su columna de El Universal titulada “Brecht la Cultura”: “Me atrevo a decir que hoy en día las artes son el único que sostienen una noción de pacto social y de país. Y que los artistas e intelectuales –aunque disientan en sus opiniones– están creando un consistente tejido colectivo, en vez de crear identidades primitivas vías el espectáculo, el circo y el arreo de opiniones manipuladas”.

Bajo esa premisa, Call me by your name es una creación consistente para contribuir al tejido colectivo, independiente de los efectos individuales, estar de acuerdo con ella o detestarla, como todos esos detractores que confiesan llegar a los créditos con un sentimiento de aversión en el pecho cuando menos.

Muchos la odiaron, aunque pocos en realidad lograron dilucidar su antipatía con honesta exactitud. El resto solo escribía circunloquios diarreicos sobre supuestas incoherencias temporales o hasta psicológicas, víctimas de su propia corrección política, incapaces de escupir que les cagó que fuera una película, cuyos personajes se reducían a estereotipos masculinos, o blancos o burgueses o privilegiados o todo eso al mismo tiempo. Sin más sustento que la moda por la exigencia de cuotas de representación. Tantas coincidencias de rechazo sin versatilidad individual, sin patologías personales, me hace sospechar del montón de críticas. Todos los que le mentaron la madre a Call me by your name tienen una foto de ellos en drag, siguiendo el instructivo de estereotipos de fama y asimilación realness  de RuPaul’s Drag Race y no desde la marginalidad y el combate. Vamos, las fotos en drag dan señales de haber sido tomadas en espacios seguros, privilegiados. No los veo en drag haciendo la parada al micro en alguna periferia olvidada por Dios y el Instagram. Críticas arreadas por la cada vez más confusa idea de la representación, que para mí representa el fracaso del pensamiento propio. La idea de que los medios tomen en cuenta la diversidad por obligación y no por convicción (ya no digamos conocimiento) me suena a tolerancia masticada, a soberbia caprichosa.

Tan manipuladas, que son incapaces de hacer una pequeña investigación personal y confrontar Call me by your name con otros títulos gays en los que la diversidad es protagonista.

Ahí están, el clásico de culto ¿Cómo ves? de Paul Leduc (México 1986), Head On de Ana Kokkinos de 1998 basada en la novela Loaded de Christos Tsiolkas sobre un gay que además es inmigrante griego en tierras australianas y el choque de culturas es abrumador.

O la estupenda y entrañable e incisiva My beautiful laundrette (UK, 1985) de Stephen Fears, con guión de Hanif Kureishi, que aborda la doble discriminación, ser gay y paquistaní, en la Inglaterra de Margaret Thatcher. El clásico que incluye todas las exigencias políticamente correctas de los detractores de Call my by your name.

Y aun así, Kureishi da cachetada de guante blanco en el prólogo de los guiones de Mi hermosa lavandería y Sammy y Rosie se lo montan, editado al español dentro de la colección Contraseñas de Anagrama, un texto autobiográfico en el que Kureishi remata:

“Yo veía el racismo como la sinrazón y el prejuicio, la ignorancia y la falta de sentido, era la ‘incomprensión’ de Fanon. Que los hombres que yo deseaba admirar se hubieran liberado a sí mismos solo para asumir la sinrazón o la abdicación de la inteligencia me resultaba sorprendente. Y el separatismo, el odio total hacia el hombre blanco, corrupto por naturaleza, la opinión ‘Todos los blancos son el diablo’ eran igualmente inaceptables”.

Twitter: @distorsiongay

stereowences@hotmail.com