El nuevo orden

El asma de los putos

Pareciera que los homosexuales,  después de años luchando por la visibilidad, dependemos de las buenas conciencias bugas casi para fortalecer nuestro autoestima.

No me enorgullece decirlo pero fui un niño cuasi alérgico y asmático, de esos que iba a las piñatas con botas vaqueras y un inhalador en el pantalón por si me venía el ataque.

A mi madre no le gustaba perderse mis crisis de asma, corría desde el otro lado del mundo para decirme cómo debía actuar. Su actitud era de una soberbia sobreprotección. Creo que apoderarse de la situación cuando me costaba trabajo respirar eran episodios que le generaban endorfinas.

El asma terminó a mediados de la adolescencia. Una noche en que esa tos que te ahoga brotó de la aparente nada. A mitad del ataque mi madre hizo lo de siempre: tratar de apoderarse de la situación. Hasta que le grité: “¡Déjame en paz! ¡Yo puedo resolverlo y si no, pues ni modo! ¡A la chingada!”. Último ataque de asma como tal en mi vida.

Me acordé de este trauma de diván después de leer muy buenos artículos de personajes evidentemente bugas en el que cavilaban sobre lo insultante y evidentemente homofóbica que puede llegar a ser la palabra puto. En muchos de ellos había una especie de reflexión culposa. Con todo y lo nepotista que pueda sonar lo siguiente, sólo me convencieron los textos de amigos como Kyzza Terrazas o Luis Muñoz Oliveira por una razón muy sencilla: nunca tratan de condicionar o limitar mi homosexualidad. Mucho menos se espantan. Nunca me juzgan.

Porque también leí textos inteligentes de autores que en verdad se esmeraron por escribir una redención frente a aquellos que no practicamos la heterosexualidad. Sé que algunos de ellos son los mismos que pusieron el grito en el cielo cuando escucharon sobre el sexo bareback, sin protección, y cómo muchos buscan infectarse de VIH voluntariamente. Les hace gracia que existan saunas sólo para hombres homosexuales, cuartos oscuros, clubes de sexo, orgías en departamentos, pero en algún momento lo desaprueban. Se sienten culpables de haber dicho tantas veces puto pero desaprueban muchas prácticas propias de los homosexuales.

La horda de artículos sobre la palabra puto me recordó esa soberbia sobreprotección de mi madre. Daban por hecho que nos ofende o me ofende si entablar un diálogo con nosotros o conmigo, pero fuera de la cancha de lo políticamente correcto cuyas conclusiones son bastante predecibles. Y es extraño pues pareciera que los homosexuales, las lesbianas, las personas trans, después de años, décadas, luchando por la visibilidad, dependemos de las buenas conciencias bugas casi para fortalecer nuestro autoestima. Como si no hubiéramos evolucionado por nuestra cuenta. Como si no nos pudiéramos defendernos desde nuestra homosexualidad, con todas sus imperfecciones y riesgos, que son muchos, pero ni modo, así es.

También hay muchos gays que dependen del apapacho buga para insistir en que el mundo puede ser como una postal salida de Rainbow Brite. Los imagino escuchando la palabra puto y salir disparados en busca del inhalador con salbutamol y esteroides. Mi madre estaría encantada en salvarlos.

stereowences@hotmail.com

http://twitter.com/wencesbgay