El nuevo orden

Los años maravillosos: mi encuentro con Dinosaur Jr.

La imagen de J Mascis con un sombrero vaquero deambulando por el desierto con una flecha atravesada en el pecho me resultó familiar.

Tengo una teoría: el drama que husmea en las relaciones afectivas de los homosexuales de mi generación tiene un punto de partida: la secundaria. Para cuando aquel primer novio del bachillerato más o menos visible a ojos de amigos y primos nos mandaba a la chingada, probablemente sufríamos la primera desilusión amorosa, cosa que muchos bugas experimentaron desde el segundo año de la secu. A veces pienso que los gays padecemos de una especie de delay romántico. Por eso, cuando nos deja el bato del Manhunt, los intestinos se inflaman y el cielo se nos viene como un yunque.

Tener tendencias homosexuales en la secundaria y andar experimentando con la bragueta de tu profe del taller literario en la prepa resultaba embarazoso. Pero no fueron tiempos malos. Al menos así lo recuerdo. Con unos padres más obsesionados con su relación post hippie a lo Atracción fatal, apenas si tenían tiempo de reparar en las preferencias de su primogénito. Y la MTV fue mi psicólogo. Había un show nocturno de rock alternativo, 120 minutes, ahí vi la premiere del video  “Goin’ home” de Dinosaur Jr. La imagen de J Mascis con un sombrero vaquero deambulando por el desierto con una flecha aborigen atravesada en el pecho, en medio de caballos y fogatas, me resultó perturbadoramente familiar, como si Mascis hubiera leído mi mente cada que abandonaba esa casa en las cercanías del bosque Venustiano Carranza, donde me reunía clandestinamente con el profe de literatura. Sin mencionar su voz, apesadumbrada y resignada.

Desde entonces soy fan de Dinosaur Jr.

Gracias a la enorme pandilla de TimeOut, en México pude entrevistar a J. Mascis horas antes del brutal concierto que dieron el pasado 6 de febrero en la Ciudad de México. Mientras esperaba, recibí el mensaje de un bato con el que ando saliendo. Nos acostamos por primera vez el mismo día que me tatué la lavadora del Washing machine de Sonic Youth. Hace un mes y días más o menos. Básicamente nos estamos conociendo. Me preguntaba si ya tenía plan para el próximo 14 de febrero, subrayando su categórica convicción de no celebrar el San Valentín solo: “Como solterona… todas mis amigas tienen ahora mismo novio, menos yo” escribió, así en femenino. Le dije que estaba con las piernas como gelatina, pues en cuestión de minutos entrevistaría a J. Mascis: “Dicen que es un mamón” le escribí, pero no prestó mucha atención, insistía en no quedarse solo el Día del Amor y la Amistad.

A pesar de que las nuevas generaciones de gays que hoy día la tienen más fácil en eso de salir del clóset, amparados por el bombardeo de campañas en contra del bullying (en dónde el bulleado casi siempre es un chico afeminado con semblante de indefensión patética), pareciera que lo único que tienen a la mano es su propia homosexualidad con todo su neceser de clichés. Y nada más.

Las letras de Mascis y Morrissey me han demostrado su lealtad aun cuando el bato del Manhunt no conteste. Una buena colección de compactos y viniles llegan a ser grandes aliados, incluso cuándo los 14 de febrero llegan y me pescan solterona.

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