El nuevo orden

Contra el activismo

A raíz de la columna pasada, mi bandeja de entrada se atascó con poco más de dos docenas de correos retándome a criticar menos y proponer más rumbo a la declaratoria del DF como Ciudad Amigable a la comunidad LGBTTTI.

Nunca me ha convencido el concepto de comunidad aplicado a las huestes jotas nacionales. Que nos guste lo mismo no creo sea suficiente para establecer acuerdos comunitarios.

Según lo aprecio desde las gradas, el uso indiscriminado de la palabra comunidad lésbico-gay, sazonado además de quijotismos y verdades evangélicas, son los que generan esos nudos del activismo gay que fomentan tiroteos de dimes y diretes, tan recurrentes a lo largo de la historia del activismo gay mexicano.

Sin tomar en cuenta que algunos activistas dan por hecho la buena voluntad de sus convicciones, es suficiente para reducir la inevitable diversidad interna a un puñado de derechos que supuestamente todos perseguimos.

Reconozco que sin el activismo del pasado hoy no disfrutaría de muchas perversiones que me estampan una sonrisa pero ¿acaso fijar prioridades es suficiente para desdibujar la diversidad? No tengo la respuesta porque simplemente no me atrevo a enumerar una sola prioridad gay a niveles activistas. Creo el VIH y los antirretrovirales y los cuartos oscuros con estricta prohibición a las mujeres deberían ser más relevantes que la posibilidad de contraer matrimonio con la misma devoción por la fidelidad que reflejaban las fotografías de bodas colgadas en los comedores de nuestras abuelas. Pero los defensores del casamiento y las carriolas y los abolicionistas de los estereotipos de género piensan lo contrario. Y como ellos no se pierden una sola mesa de trabajo o debate, no dejan de tomar fotografías a las presentaciones powerpoint flanqueadas por banderas que luego suben a sus redes sociales, dominan el tema, saben lo que queremos, lo que deseo. Cualquier opinión distinta es susceptible de pasar por el detector de intenciones liosas, ésas que buscan desestabilizar el activismo rosa de hoy. Quizás soy un desgraciado que ve el placer como una prioridad.

Sin embargo disfruto que me reten. Como cuando doy saltitos sobre mi propio eje segundos antes de que el entrenador grite ¡box! y no tenga ni puta idea de por dónde vendrán los puñetazos. Así que propondré dos cosas muy sencillas: que dejen de clausurar los espacios de sexo anónimo gay en México y que se debata su regularización. Ahí está. Más no puedo hacer. Desde que escuchaba a mi padre hablar de marchas mientras le subía el volumen a cualquier rola de Mercedes Sosa descubrí que era alérgico al canto nuevo, y que no había nacido con el protagonismo responsable propio de los que suelen describirse como activistas. Sólo opino. Y no puedo dejar el vicio de cazar contradicciones.


Twitter: @wencesbgay
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