El nuevo orden

Wenceslao Bruciaga

Tenemos pareja o cualquier relación que confundimos como una pareja y abandonamos el entorno, pues nos inventamos una sensación de falsa seguridad.

“Now the rules of my occupation, I say yes in  

every situation

You keep an undone fly, Let your nose bag dry

So come on in, Grease up the skin

Make me seed again, two… bring a friend”

Happy Mondays

Esa debilidad por las historias me convirtió en un irremediable observador huidizo (la única forma de saborear los pormenores), y desde que hago reseñas sobre locales gays para Time Out México, la soledad se fermentó, el ojo se desliza como navaja para afeitar y me siento con la experiencia de lanzar una provocación: los homosexuales han dejado escapar la amistad. Pido un bourbon con agua mineral, los veo desde una barra ajetreada y no reconozco ningún grupo de amigos varones. Veo más bien mesas rodeadas por comadres. Y según mi muy lagunero punto de vista, hay una diferencia entre los amigos y las comadres. La amistad entre hombres suele implicar una  solidaria combinación de nobleza y cinismo: “…es una hazaña, en el sentido fatal y silencioso de la palabra, donde no resuenan ni sables ni espadas: una hazaña como cualquier otra actitud desinteresada”, dice Sándor Márai en El último encuentro. Todo lo contrario, las comadres parecen ser alfiles cuyo único propósito es recubrir soledades, no acostumbran a decirse las cosas de frente y se han acomodado en rituales que las chicas saber sortear con belleza, pero que practicadas desde la testosterona se vuelven grotescas y no lo digo por lo afeminado, no lo planteo desde un asunto de actuación. En los hombres aquella sentencia de “entre nosotras podemos despedazarnos pero jamás nos haremos daño” suele cobrar tintes de rencores viscerales con desenlaces que corrompen las emociones.

Es confusa la amistad entre homosexuales. La olla exprés llena de impulsos por cogerte a tu carnal es una tentación que puede ser catastrófica e irreversible. Somos particularmente egoístas y que el deseo empañe la perspectiva es un bache recurrente. Tenemos pareja o cualquier relación que confundimos como una pareja y abandonamos el entorno, pues nos inventamos una sensación de falsa seguridad. Es cuando las comadres dejan de servir. Ahora se va al restaurante, al cine, al antro acompañado y el sexo es seguro. Alguna vez mi abuelo me dijo que la única forma en que la pareja no te falle es cuando no la ves como pareja, sino como amigo.

Cada que leo cualquier título de Dennis Cooper; City Boy de Edmund White o Party monster de James St. James; Trainspotting, Porno Skagboys o la crudamente emotiva Cola, todas de Irvine Welsh, me atraganto con la sensiblera y estúpida impresión de que hubo una época (que según mis prejuiciosos cálculos terminó años antes del arribo del nuevo milenio, antes del Queer as folk gringo), en la que los gays tuvieron amigos y tomaban por asalto las tardes y las noches y los amaneceres como pandilleros que en lugar de desenfundar navajas deslizaban la bragueta hacia abajo.

Quizás sean las anticuadas enseñanzas de mi abuelo, pero suelo dar prioridad a la amistad en el sentido más varonil, cursi e incluso misógino, por encima de mis debacles propia de un puto sexualmente activo. Al menos lo intento. Yo, como Márai: “A veces pienso que la amistad es la relación más intensa de la vida”.

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