El nuevo orden

Viólame: 20 años sin Kurt Cobain

Sin más objetividad que la coincidencia de esos primeros 90, sí creo poder asegurar que la furia y el desencanto de Kurt Cobain fueron reales.

Por aquella primavera lagunera del 94 solíamos comer acompañados de sodas de medio litro mientras veíamos las noticias con origen en Miami. Un tipo de marcado acento cubano y anticastrista, que masticaba las palabras sajonas con ese fastidioso vicio de torcer la lengua en las R y las T dio la noticia: un electricista había encontrado el cuerpo del tipo que cantaba “Rape me” sin vida con una escopeta a la altura del estómago en su mansión a las afueras de Seattle, ya famosa por ser la capital del grunge. Lo encontraron el 8 de abril pero los médicos forenses estipularon que el suicidio debió ocurrir dos días antes.

Estoy convencido que el mejor disco de Nirvana fue el In Utero.

Dudo que haya sido exactamente el 5 o el 8, pero fue en abril que supe que mi madre trataba de ocultar su embarazo cuyo padre no era mi padre, quien por cierto, salía desde las 6 de la mañana y no lo veíamos hasta después de las once de la noche. No fueron días fáciles. Lo poco que recuerdo divertido de ese 94 eran mis caminatas a Libros y Revistas Juárez para hacerme de mis primeras revistas pornográficas para sodomitas que básicamente eran números más o menos atrasados de la Honcho Magazine, ver la MTV y perder el tiempo leyendo a Milan Kundera mientras me devoraba el Siamese Dream de los Smashing Pumpkins y toda la discografía de Nirvana en casettes, algunos originales (el Incesticide me lo robé del Soriana Revolución) y otros grabados en cintas vírgenes de 90 minutos. Por si fuera poco, Torreón era mortalmente aburrido. Fue mi último año en la Comarca Lagunera.

Había una tienda de discos en el Paseo de la Rosita, Scala, donde también vendían revistas. Ahí conocí la Spin. En sus interiores leí un artículo en el que el autor escribía no creerle nada a la supuesta infancia atormentada de Dolores O’Riordan, acusándola de impostora, aseguraba que después del grunge de Seattle muchos buscaban imponerse una vida trágica para alcanzar la fama mientras causaban una patética lástima. De los Cranberries remataba: “¿Por qué habrían de conmoverme si ya tenemos a una irlandesa realmente desequilibrada?” Se refería a Sinead O’Connor.

En 1994, el berrinche del adolescente incomprendido que envolvía al grunge soltaba sus primeros hedores a farsa y cliché. En mi caso, el cliché además de chocante era real.

Lo cierto es que nunca escuché a Nirvana sin sospechas, es el día de hoy y sigo pensando que su talento consistía en robar, con potencia y testosterona, los riffs de Sonic Youth y la lentitud encabronada y fatigada exclusiva del My War de Black Flag. No obstante y sin más objetividad que la coincidencia de esos primeros 90, sí creo poder asegurar que la furia y el desencanto de Kurt Cobain fueron reales, al menos en mí tuvieron un secreto impacto que con el tiempo me convirtió en un tipo desenfadado y degenerado y más atormentado de lo que normalmente solemos ser los gays.

Por cierto, mi madre logró llegar con éxito al término de su embarazo. Ese bebé es hoy mi carnal con un cromosoma de sobra.

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