El nuevo orden

Trío duro

No estoy muy seguro que calibrar mis impulsos a cambio de la percepción de seguridad que pueda ofrecer una pareja sea uno de mis dones.

Llevo poco más de un mes enredándome con una pareja de batos que se pavonean con aires de calenturiento valemadrismo sobre todos los fines de semana. Me he percatado que en su convivencia pública no pueden manifestarse un afecto empalagoso si a los apapachos no les sigue una propuesta para compartir el colchón con un tercero. De hecho, así los conocí; no me quitaban la mirada de encima en la entrada de un club hardcore. En la borrachera les pregunté si esa insistencia cuasi obsesión por los tríos no era una válvula de escape a cierto tufo de insatisfacción. Lo negaron rotundamente. El amor les permanece intacto y simplemente, aseguraron, son tan abiertos como pornográficos. Por lo que entendí, con esa dinámica no dan chance a los malentendidos a punto de convertirse en sensación de infidelidad. ¿Por qué no habría de creerles?

Según mi libertina experiencia, los tríos que mejor funcionan son aquellos cuando los involucrados no han desarrollado cordones umbilicales emocionales, pero hasta el momento no he padecido ningún contratiempo con estos nuevos carnales.

Veo que a la pareja le intriga que escriba en una columna como ésta y que el hip-hop de Curren$y o OutKast o en específico el Goo de Sonic Youth me ponga en estado. Sin embargo, conforme la confianza va ganando terreno, les ha venido a la cabeza la idea de presentarme a alguien de su cuadrilla para que, pues, no ande tan solo por ahí. Y siempre lo proponen en un tono mortificado. He dicho que acepto la propuesta, más por pasar al siguiente tema o round que rendido ante su aflicción por mi soledad. Si aquella madrugada hubiera estado con un cabrón que no permitiera que yo anduviera solo por ahí, quizás nosotros tres nunca hubiéramos anotado jonrones.

“Los hombres duros tienen el honroso deber de sentirse solos a toda hora y en cualquier lugar: ésa es una norma que nada más quebrantan los cobardes, es decir, el mundo entero”, escribe Guillermo Fadanelli en El idealista y el perro, y no puedo quitarme esa frase de la cabeza desde que supe a esta cachonda pareja le abruma mi soledad que va de aquí para allá.

Lo cierto es que conforme crezco y mi discografía aumenta obscenamente, me siento más cómodo siendo un hombre honradamente rudo. Según mis traumas y mi voyeurismo por patologías ajenas, las parejas de homosexuales suelen hacer pasionales malabares para mantener afecto y libido en un equilibrio que agrade a una sociedad adicta a las buenas formas. También he visto cómo el buga costumbrista, pero que al mismo tiempo no pretende quedarse fuera de la moda progre, prefiere incluir en sus círculos a los gays, siempre y cuando lleguen a la cena con un botella de chardonnay y su respectiva pareja.

No estoy muy seguro que calibrar mis impulsos a cambio de la percepción de seguridad que pueda ofrecer una pareja sea uno de mis dones. También por eso no me convence cómo se discute el matrimonio gay en las distintas cámaras, casi siempre subyugando nuestros desenvolvimiento ante los parámetros bugas, que casi siempre son un montón de cobardías disfrazadas de estabilidad.

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