El nuevo orden

Stereo-tipo

Me fascina el hiphop. En lo personal, encuentro varias similitudes entre el colectivo gay y quienes rapean sobre un enjambre de samplers.

“Where’s you’re identity?

Our name is stereotype with an A

I got to get the shit straight

Your vision of stupidity’s made of vanity

Keep your quality up in the sky”

Sci-fi wasabi, Cibo Matto

Durante mi participación en un conversatorio sobre estereotipos LGBT en los medios de comunicación al que me invitaron a pesar de mis arranques hipermasculinos, cosa que agradezco, y que sucedió el pasado martes 14 de abril en las instalaciones de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la Ciudad de México, lancé un experimento: si alguien conocía o al menos tenía una idea aproximada de quién era Orlando Cruz, levantara la mano. Segundos de silencio y miradas intrigadas haciendo carambolas unas con otras. La totalidad de las extremidades de los asistentes permanecieron adheridas al portabrazos, como si fueran imanes.

Nacido en Puerto Rico, Orlando Cruz es el primer boxeador abiertamente homosexual en la historia del cuadrilátero. Salió del clóset durante los primeros días de octubre de 2012. Quince días después se enfrentó con el mexicano Jorge Pazos en una pelea que se llevó a cabo en Las Vegas; desafiando la tradición pugilística que consiste en portar los colores alusivos a la bandera del país de donde es oriundo el boxeador, Cruz subió al ring vistiendo una indumentaria con los colores del arcoíris, respetando el orden cromático de la bandera gay. Esa noche Cruz no sólo venció a Pazos por decisión unánime, también le estrelló el puño a la homofobia tan arraigada y premeditada en el mundo del boxeo. Y tiró a la lona esa odiosa noción de que los homosexuales no tenemos ni puta de cómo cerrar el puño y sólo sabemos enfocar a la bragueta. Después de la presencia de Orlando Cruz, difícilmente el boxeo volverá a ser el mismo de antes. De esas escasísimas ocasiones en que la presión políticamente correcta tiene efectos prácticos y de arrojo histórico.

Como cuando el héroe maldito del gansta rap Snoop Dog (hoy Snoop Lion después de su conversión reggae), declaró que el hiphop, en su tradición más pura, machista, aparatosa y homofóbica, estaba listo para incluir a raperos gays, después que Frank Ocean hiciera pública su homosexualidad.

Me fascina el hiphop. En lo personal, encuentro varias similitudes entre el colectivo gay y quienes rapean sobre un enjambre de samplers. Ambos poseen una historia de sobrevivencia en una cartografía social preconcebida y por ende con tendencias discriminatorias. Los afroamericanos en terrenos de blancos, los putos saliendo del clóset. La única diferencia es que mientras el hiphop busca imponerse, consiguiéndolo, pareciera que los gays anhelan el visto bueno buga, sin desestabilizar mucho el orden que les rodea.

El hiphop no reniega de sus estereotipos.

Nadie escapa a los estereotipos. Por eso adjudicarles méritos o culpas se me hace hasta cierto punto ocioso y comodino. Sobre todo cuando algunos gays, sobre todo los más jóvenes, abrazan los estereotipos de los medios menos complejos, domesticándolos, retocándolos según sus sensibilidades, adjudicándoles condiciones morales, convirtiéndolos en modelos aspiracionales y ejerciendo una discriminación perversa (como bien dijo uno de los asistentes al conversatorio) con quien no cumpla la meta de éxito de Will and Grace o los perdedores cool de Glee, y no están muy al tanto de las hazañas de Orlando Cruz ni de las palabras a favor de los homosexuales de Snoop Lion.

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