El nuevo orden

Silencio, "mass destruction"

Ciertas afirmaciones infundadas merecen repudio y condena; ante ciertas declaraciones homofóbicas de ciertos personajes.

En quinto año de primaria gané un soporífero concurso oral sobre la historia de Coahuila. Los aplausos tuve que compartirlos con una niña morena que siempre cargaba una lata de Aqua Net para que el fleco a lo Flans nunca perdiera su forma original. Era fanática del trío. Se llamaba Cristina. Como los dos sólo teníamos nueves y dieces en las boletas, nos escogieron, sin preguntarnos, como representantes de todos los mocosos del quinto grado, luego la escuela, después de la zona y así hasta la final. El estado de Coahuila especificaba que los competidores tenían que ser un niño y una niña. Si de por sí ya éramos los ñoños del salón, haber ganado ese concurso sólo empeoró las cosas. El resto del ciclo escolar tuve que soportar toda clase de ofensivas. Lo que más saciaba a mis compañeritos era el chisme que nos ponía de novios. A Cristina parecía no molestarle y me regalaba churritos con pulpa Rago. Pero a mí me irritaba pues nomás no veía cómo desahogar que el revoloteo de hormonas que pareciera sucedía en algún tramo de mi tracto urinario era ocasionado por la bragueta del profe que daba clases en el salón de al lado, tenía pinta de Ricky Luis estirado.

Tarde o precoz. Pero mientras aguardamos por ese momento oportuno, salir del clóset, los gays solemos lidiar con un incómodo silencio que es como una piedra en un zapato ortopédico. Tal silencio es una sutil forma de dominio buga. No me quejo, la tuve leve. Pero ese periodo de silencio es injusto.

Me gusta la fantasía de la revancha. He descubierto una saludable forma de vengar cada uno de esos días de silencio: soy selectivo con la homofobia y no desperdicio artillería. Ciertas afirmaciones infundadas merecen repudio y condena; ante ciertas declaraciones homofóbicas de ciertos personajes paso de largo, las amordazo con mi indiferencia, sobre todo si se trata de estupideces de argumentos pueriles, como si fueran adultos con un grado de retraso mental y hablaran con la ingenuidad de un niño de quinto grado. Que si el pollo hace a los hombres homosexuales. Que por culpa de nosotros hay terremotos. El más reciente es la resolución del Poder Judicial de Puebla de los Ángeles que con un amparo para legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo en sus narices, desechó la solicitud argumentando que: “Se tenía que demostrar que en verdad eran homosexuales”.

Muchos gays dan eco a este tipo de notas mediante las redes sociales, generando una espiral de indignación y homofobia, sin reparar en la relevancia o el humor involuntario. Me recuerda esa canción de Faithless, “Mass Destruction”: “La desinformación es un arma de destrucción masiva”. En esa rola, Maxi Jazz propone, rapeando, que la desinformación es como una bomba expansiva y mientras más amplio el espectro, más difícil es frenar los daños. Tiene sentido. En la propagación de ese tipo de diretes, entre uno y otro escandalizado, también surgen simpatizantes de la causa antigay y entonces, lejos de provocar un cambio, la homofobia robustece.

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