El nuevo orden

Sensible

A Martin Hade

 

Me enviaron un documento; ¿Qué opinas? Preguntaban.

Se trataba de un estudio que supuestamente revelaba nuevas hipótesis sobre los “orígenes científicos de la homosexualidad”. Algo así como una teoría, una más, intentando explicar, quizás a un nivel más o menos bioquímico, el momento justo en que un hombre se hace homosexual. ¿Qué más da? Yo prefiero perder el tiempo en mi hedonismo homosexual que desperdiciar las horas y los días averiguando por qué me atraen las barbas cerradas o cómo es que desde los 25 años padezco alopecia o por qué tengo el pie plano y los bronquios jodidos desde que tengo uso de razón. Sigo sin comprender esa necedad de sentirnos, a toda costa, explicados. Me recuerdan a esos queeristas que haciendo malabares con postulados feministas buscan el punto exacto de la metafísica de la jotería, como para echarle en cara a la heterosexualidad intolerante y ojete que lo afeminado es casi una virtud sobrenatural. Se desgastan mucho convenciendo a los demás que nuestra jotería, putería, sodomía o qué sé yo, no es una discapacidad, desventaja o crimen. Tu jotéale y ya, sin tener que justificarte con nadie.

Prefiero correr el riesgo de mimetizarme con demonios como el de la hipermasculinización, que convencer a un montón de bípedos que vivo en el error.

Para mí, el convencimiento es la rutina de los culpables.

No vale la pena darle difusión a dicho estudio. Mejor dicho: no me considero mensajero de sofismas que aticen victimizaciones redundantes.

Sin embargo, el mentado estudio incluía, después de su descubrimiento, una serie de rasgos de la homosexualidad. No niego que eran un puñado de clichés revolcados en vocabularios dignos de un diccionario de psicoanálisis, pero no tan descabellados. Sobre todo el punto que aseguraba los jotos padecemos de una sensibilidad desproporcionada. Leí el dichoso documento mientras hacía una serie de conexiones en aeropuertos en mi regreso de Montreal a México. En algún momento el iPod arrojó “Leaving New York” de R.E.M. y empecé a llorar descontrolado a tal grado que no pude caminar más. Después de las lágrimas vinieron unas sonrisas, burlándome de mis propios dramas. Iba crudo. Casi en vivo.

Para tranquilizarme me puse al día respecto a las noticias en México. Arrancaba junio, el mes del orgullo gay, y con él, los rimbombantes anuncios de marchas y estrellas invitadas. Alejandra Guzmán encabezando el cartel. Las grandes fiestas para la noche.

Aunque también empecé a ver una sucesión de mensajes con destinatarios encriptados a los que culpaban de querer lucrar con la marcha del orgullo, respuestas apasionadas, indirectas en Twitter, rencillas activistas que juran tener su propia verdad histórica rosa, boicots entre organizadores de fiestas. Ante el rencor, la obsesión por tener la razón, los malentendidos románticos con sexo oral en lugar de besos, las infidelidades calenturientas, han optado por la difamación impulsiva, las acusaciones. Y todo lo anterior descrito con una pasión, un tufo de sensibilidad desbordada tal y como se describía en el estudio sobre el origen de la homosexualidad que según yo no dan oportunidad a un debate seco.

Los homosexuales nos encabronamos. Y la verdad es que muchas de las veces, los enojos gays se desdibujan, sobre todo cuando se tambalean entre lo justo, el convencimiento de tener la razón, lo irrelevante a simple vista y ese ardiente terreno de las pasiones sexo-sentimentales que alcanzan la agenda pública.

¿Será cierto que los gays somos absurdamente sensibles? De ser cierto tampoco le encontraría el aspecto negativo. Una sensibilidad en extremo desarrollada puede utilizarse como asta de la bandera del ego o como un afilado sentido de la autocrítica. Yo prefiero aplicar lo último.

Twitter: @wencesbgay 

stereowences@hotmail.com