El nuevo orden

Respuesta a “Gays” de Jorge Villegas y sus ofendidos detractores

Como si en estos tiempos el respeto, la dignidad de todo aquello que no sea heterosexual dependiera exclusivamente de la posibilidad de contraer matrimonio.

Cuatrocientos ochenta y un caracteres con espacios o 75 palabras fueron suficientes para que el señor Jorge Villegas, columnista de este mismo medio, apuntara toda su artillería de conservadurismo hacia los gays. Nos acusó de ser agresivos por protestar, marchar, armar desfiles, exigir derechos, según entendí.

Luego escribió: “El matrimonio es históricamente, socialmente, la unión de hombre y mujer. Su objetivo trascendente es tener hijos, integrar una familia. La unión de una pareja gay puede legalizarse y generar derechos. Pero tipificarse como sociedad de convivencia, no como parodia del matrimonio”.

Su percepción del matrimonio entre personas del mismo sexo como una parodia fue lo que incendió la cólera de muchos. La cascada de comentarios acusándolo de irrespetuoso, intolerante, retrógrada, no se hizo esperar. Entonces me percaté que una gran parte de la rabia que despertó su columna versaba exclusivamente en su desprecio al matrimonio gay cuando los alcances de la evidente homofobia del señor Villegas iba más allá del contrato social.

Pasa que la diversidad sexual no es un capricho retórico, hay lesbianas, travestis, transgénero, intersexuales que requieren de derechos específicos. Hay homosexuales, homosexuales que se quieren casar y se casan, y unos consideran la posibilidad de adoptar niños mientras otros montan tríos en mutuo acuerdo; unos más a escondidas del marido se conectan a aplicaciones de smartphones que te indican cuántos metros hay entre un usuario excitado y otro; homosexuales que gustan de las cenas con vino tinto y quienes prefieren los antros o los saunas o los clubes de sexo con cuarto oscuro y glory holes; homosexuales que usan condones y barebackeros, homosexuales que están al pendiente de su estado de salud y se hacen la prueba; homosexuales seropositivos y quienes desconocen si son portadores de VIH o hepatitis C, infección que empieza a convertirse en una amenaza para la comunidad gay y de la cual no veo que haya campañas de prevención. Por todo eso y más es que exigimos derechos sin que estos tengan que estar sujetos al escarnio de los heterosexuales. Como si nosotros hiciéramos pedo por las tetas de Lorena Herrera, las meseras de esos restaurantes de cortes de carnes, las mujeres amantes de hombres casados que suelen estar disponibles jueves o viernes pero nunca los domingos, los table dance…

La homofobia del señor Villegas abarcó nuestra realidad que, en efecto, puede ser agresiva para él y muchos otros tantos heterosexuales, pero que es eso, real, latente y ni peor o mejor que otra.

Indignarse tan sólo por su visión del matrimonio gay me parece igual de conservador y limitado. Como si en estos tiempos el respeto, la dignidad de todo aquello que no sea heterosexual dependiera exclusivamente de la posibilidad de contraer matrimonio. “Que se regrese al siglo XIX”, leí por ahí. En todo caso, tantos suspiros por el contrato matrimonial del mismo sexo me remonta a los años previos a  la liberación sexual, a Joaquín Pardavé y Vitola.

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