El nuevo orden

Rebeldes

A veces pienso que los gays, después de saborear la libertad de salir del clóset, no quieren o no pueden o no soportan quedarse con las manos vacías.

Nunca me ha convencido esa autoindulgente fantasía que traviste la salida del clóset frente a nuestros progenitores como un acto heroico. ¿Cómo diablos puede ser valiente confesarles que el monte de Venus* no es lo nuestro? Eso dio a entender mi padre hace ya varios años mientras nos atascábamos de cafeína en su fuente de sodas preferida, aquella que está cruzando el lobby de ese hotel justo en el entronque del Paseo de la Rosita con el Diagonal de las Fuentes allá en Torreón. Con su típica pose de marxista de principios de los ochenta, decía que una buena mayoría de papás y mamás, cuando enfrentan la confesión de la homosexualidad de su hijo varón, no les mortifica la sentencia sociológica de la orientación sexual, o quizás sí, pero después. Los papás, después de todo humanos y heteros que no escapan al morbo, empiezan a construirse una secuencia de imágenes en sus cabezas no precisamente agradables, donde su retoño deshace cualquier vestigio de erotismo reproductivo. Así suele ser el primer efecto de una salida del clóset. Hacerse chaquetas liberales y románticas ya es decisión de cada quién. 

Siempre he creído que salir del clóset es más bien un acto de rebelión contra las expectativas heteronormativas. “La rebelión va acompañada de la sensación de tener uno mismo, de alguna manera y en alguna parte, razón” dice Albert Camus en El hombre rebelde, y creo que con cada gay que fenece ante el subterfugio de hacer pública su preferencia sexual, confirma el veredicto del filósofo argelino. Estar convencidos de que tenemos la razón es lo que nos da fuerza para confrontar la estabilidad hetero. Aquellos que asumen lo contrario optan por continuar en el armario, haciendo malabares con las apariencias y debilidades carnales. Son los bugas los que tienen la razón y ser puto está mal.

La cuestión es que por lo visto no a todos los gays les gusta verse como vándalos del orden buga. Según Camus: “El rebelde no preserva nada, puesto que pone todo en juego”. Salir del clóset es después de todo una apuesta: la aceptación nunca está garantizada. Y a veces pienso que los gays, después de saborear la libertad (y libertinaje por qué no) de salir del clóset, no quieren o no pueden o no soportan quedarse con las manos vacías. Supongo, prejuiciosamente, esto llevaría a enfrentarnos con cierto distanciamiento de algunos lugares comunes que según la utopía buga, son los rincones dónde poder reconfortarnos y sentirnos seguros, como el matrimonio.

Me resulta curioso contemplar cómo en estos días en los que México pasa por un hervidero de debates, son los bugas quienes no tienen miedo a exponer múltiples, polémicos y legítimos puntos de vista, mientras que varios gays prefieren esclavizarse con los vicios funcionales de los bugas: la adoración por las buenas formas en público, la condena moral, la debilidad por la ofuscación, la necedad de la elite.

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