El nuevo orden

Quiero ser como Milo cuando sea grande: Descendents en México, por primera vez

El 2016 ha sido de los años más de la chingada que he tenido, estoy haciéndome viejo y no quiero terminar como un gay a lo Juan José Origel, al que lo traicionan los chichifos, balconeándolo a cambio de unos cuantos minutos en las revistas de chismes que todo lo escriben entre signos de admiración, y ahí está Origel, negando la versión explícita de los chichifos con ese modito que tiene, ponzoñoso y amanerado, como cuando lo grabaron joteando mientras sojuzgaba a Flor Rubio de una forma miserable y misógina. ‘No quiero crecer, si crecer significa ser como tú’. Al menos veré a los Descendents por primera vez en mi homosexual vida…”, pensaba mientras salía del Metro Villa de Cortés rumbo a la Carpa Astros, un circo a punto del abandono desde que prohibieron el uso de animales, hoy inteligentemente remodelado para conciertos de rock, direccionado a una vena punk. Para no perder el aura circense, un enano en frac de colores chillantes y sombrero de copa deambulaba por el patio y daba la bienvenida al foro.

En 2016 no sólo murieron Bowie, Prince y Cohen, sino que por una mala administración de alcohol y sustancias sobreviví a un patético intento de suicidio. Por hipermasculina suerte la libré.

Entonces salieron al escenario la banda de hardcore-pop melódico de sensibilidad más honesta que conozco, y que sonaron con mis primeras chaquetas dedicadas a hombres, meses después de descubrir a Black Flag: Bill Stevenson con sobrepeso a la batería, a diferencia del bajista Karl Alvarez y Stephen Egerton, con cuerpos de actores porno de San Francisco. Y el buen Milo Auckerman, vocalista y clavado ingeniero bioquímico, panzón, camisa y bermudas holgadas y una inusitada y rectangular joroba rectangular que resultó ser algo así como un tanque de oxígeno. Algunas palabras en español: “Todo chupa”, gritó el Milo, el mismo de las icónicas caricaturas minimalistas y de una ternura ácida de las portadas de los Descendents, un desmedidoriff y los gritos de “Everything sucks”, la primera rola y la bomba de nostalgia y slam estalló. A sus 53 años, el Milo sigue cogiendo el micrófono con esa vitalidad confrontativa del punk-hardcore. Hay esperanza más allá de los 50. En tu jeta, Origel. No aguanté. Me uní a los chingadazos. Algunos me invitaron a no estamparme tan fuerte, pues por mi estatura los ponía en desventaja. Fue un repertorio amplio y generoso, escuché en vivo todas esas rolas que me acompañaron en la postadolescencia, “Clean sheets” que me fascina por su impertinente erotismo salpicado de batidillo de fluidos, “Suburban home”, “Coffee mug”, “Myage”, “Hope”, la cachondísima “Pervert”, thank you, Descendents.

Las piernas empezaron a volar por nuestras cabezas. Ayudé a varios a elevarse, ponían sus pies en mis manos entrelazadas y los aventaba al azar. Pero después de varias rolas me estaban agarrando de lanzador oficial. También me rompieron el cuello, una morra me llegó por la espalda estampándose con mi espalda, el crash fue diáfano, como si mi columna vertebral fuera un lápiz partiéndose en dos, por un momento pensé que saldría de la Carpa Astros con collarín.

También se echaron varias rolas del álbum de Hypercaffium Spazzinate que lanzaron en junio de este año: “Shameless halo”, “On paper”, “Feel this”, canciones de una madurez sensitiva donde lo importante es estar chido con uno mismo. Los cabrones tocaron tres encore y en uno de ellos cerraron con “Smile” de su disco del 2016: “You’ll always come outahead, In all the way sthat really matter, so, What I wouldn’t give to see you smile. Once in a while”. Pinche rola potente, cruda, agridulce y optimista y cursi descrita como una amistad entre hombres. Funcionó para verle el lado sonriente a un año duro. Después de todo publiqué un nuevo libro que he presentado en varios lugares, conocí nuevas personas que se hicieron amigos y me esforcé por aumentar el ejército de enemigos, nuevos amantes, nuevas marcas de poppers. Pongo con lágrimas en los ojos. Dejaré de ser joto con una sensibilidad innecesariamente extrema. Qué chafa ser recordado como un joto suicida. Pero qué se le va a hacer. Los bugas no son buenos para combinar el corte de los pantalones con la suela de los zapatos y yo soy pésimo para administrar mis nostalgias. Como todos los gays. Y los que se las dan de estables suelen ser aburridos y farsantes.

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