El nuevo orden

¡Puto…! el que lea esta columna

Los mexicanos seguimos auscultándonos con la mano temblorosa nuestras entrañas, si para algo somos putos es para la autocrítica.

Steve Albini, creador en la segunda mitad de los 80 de Big Black, propuesta musical que sonaba a inesperados puñetazos en los tímpanos y en la nariz, y que en principio intimidaban hasta el punk con la cresta más alta, dejando bien claro por dónde debía ir eso que después sabríamos era rock industrial o industrial dance, es un adicto a la provocación políticamente incorrecta que raya en la confrontación a veces insufrible, no obstante siempre estrechó la mano presentándose como un sujeto sin prejuicios: “Una vez que tienes eso claro y sabes lo que piensas, no hay motivos para ser blando al hablar. Hay mucha gente que va con mucho cuidado de no decir nada que pueda ofender a ciertas personas o hacer algo que se pueda malinterpretar. No se dan cuenta de que la idea de todo esto es que debemos cambiar la manera en cómo vivimos, no el modo en cómo hablamos”.

No podría estar más de acuerdo y no tendría más qué decir.

Pero el hipócrita debate surgido desde las buenas conciencias de la FIFA sigue dando de qué hablar. Hipócrita porque mientras su Policía de las buenas conciencias persigue a toda una afición, a su interior utiliza el poder económico para que los jugadores con todo y sus piernotas ni se les ocurra salir del clóset. Un viejo amante que fue fuerza básica y entrenaba en Coapa, me contó que los porteros tienen fama de putos, pasivos además, y que si algún jugador salía del clóset se corría el temible riesgo de que los logos de los patrocinadores desaparecieran de las camisetas. Ni qué decir de la sede rusa y su constitución homofóbica.

Mientras tanto, los mexicanos seguimos auscultándonos con la mano temblorosa nuestras entrañas, si para algo somos putos es para la autocrítica, tratando de dar con el diagnóstico y reconocernos como unos homofóbicos, guadalupanos y pamboleros sin remedio. En un país adorador de las buenas formas como moneda de cambio para ser aceptados, estos debates nos provocan agruras.

Y como el imaginario gay impuesto por el liberalísimo marketing que nos dice que los gays sólo y sólo podemos ser como los protagonistas de The A-List o Zachary Quinto o Christian Chávez, pareciera que algunos gays, bugas y closeteros quieren verse del lado liberal rosa, aunque cuando al calor de una anécdota les cuentas que te enamoraste de un tipo justo cuando te mordías la cabeza falange del dedo índice porque el dolor era insoportable, te interrumpen: “Wences, ¿no crees que es demasiada información?”.

O esos episodios en que le das un prolongado beso en la boca a tu acostón en turno en el Metrobús (ansioso porque en un par de días puedas presentarlo como tu pareja frente a tus compas) y los pasajeros, amablemente, te dicen que no tienen nada contra ti pero que los gays deberían ser gays en privado: “¿Cómo les explico un beso entre dos hombres a mis hijos?” después de cuestionarte, orgullosos te revelan que pretenden explicarles a sus pequeños que decir puto está mal. Cuándo te dicen algo. A veces sólo sientes una ráfaga de miradas incómodas.

Que puto es una expresión homofóbica, sin duda. Pero la homofobia real es aquella que te condena y reprime por alterar la visibilidad buga, sólo con la mirada, sin necesidad de una palabra. Parafraseando a Albini, como puto que soy las palabras me valen madre y cuando no le reviento la nariz. Me preocupa más el cómo vivimos. La mitad de un estadio gritándole ¡PUTO! a un jugador es nada, comparada con esa sola mirada, arrogante y silenciosa.

http://twitter.com/wencesbgay