El nuevo orden

Propósitos

Cómo olvidar a los hijos de esa banda de adultos heterosexuales pretenciosa y tan mal vestida.

Fue sobre todo en esa faceta de mi infancia y preadolescencia, en la que prácticamente estuve obligado a ocupar una silla en el comedor de unos tíos, primos de mi madre, durante la cena de Año Nuevo. Vivían en el Estado de México. Mis padres no estaban conmigo. Lo recuerdo como una serie de noches opresivas, rodeado de esa variación de cumbias que algunos chilangos bailan como si fuera rock and roll a lo “Popotitos” y gente desconocida, hombres con pantalones de vestir, casi siempre grises, con unas pinzas debajo de la pretina verdaderamente insultantes y sus esposas envueltas en chifón, suéteres tejidos con incrustaciones de lentejuelas y tacones relucientes, a todas luces nuevos. Varias de esa esas señoras tuvieron el descaro de usar medias blancas. Cómo olvidar a los hijos de esa banda de adultos heterosexuales pretenciosa y tan mal vestida. Los tíos primos de mi madre me acomodaban con ellos ahuevo, era nauseabundo verlos actuar como una fotocopia infantil de sus padres, aventándose pedradas asimiladas y tratando de sobresalir en estupideces, como presumir electrodomésticos. Lo más despreciable era esa puta conspiración de obligarnos a atacar la sopa fría de coditos con crema y jamón y desenredar el nudo de los mixiotes hasta después de la medianoche, una vez terminada esa canción de Mecano que vomito desde entonces.

Tampoco es que los gays tengamos mejores expectativas. A veces pareciera que una celebración de Año Nuevo sin novio o sexo es la premonición de un año desastroso.

Hay algo de afligido en esto de celebrar un número secuencial en el calendario. Lo más probable es que el día siguiente sea similar al de anteayer.

Los reventones de Año Nuevo son socorridos por los adultos, pues pareciera una válvula de escape a otra vida posible, una donde ponerse hasta la madre no se limita a los fines de semana y los días de asueto políticamente correctos. Luego viene la conciencia de ser más viejos y eso nos pone reflexivos y cursis, y a obsesionarnos con lo que no tenemos y hemos perdido con el paso del tiempo.

Hace mucho que decidí cambiar la lista de propósitos por pendientes de discos a comprar. Ya no soy un niño como para obedecer órdenes redundantes y hago lo mejor que puedo tratando de no lastimar a nadie, aunque a veces hasta en eso fallo.

De momento lo único de lo que estoy seguro por el momento es que después del domingo vendrá el lunes y que a mediados de enero habrá un nuevo disco de Belle and Sebastian, y eso es mejor que cualquier propósito de año nuevo.

Esas reuniones no fueron en vano: toda vez que observaba el rostro de esos adultos bugas, ajados de tanta resignación pero ilusionados por una serie de un año nuevo con más deudas y colegiaturas en el horizonte que sexo, me di cuenta que no quería convertirme en ellos. Supongo esas cenas atiborradas de propósitos individuales que sólo reflejan inseguridades y unas ansias adolescentes de pisotear a los demás, entre otros traumas, son las que me orillaron a ser homosexual y un número en la estadística de población que se deprime en épocas navideñas.

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