El nuevo orden

Pepos: homofobia en un rincón de Mexicali

El novio de un compañero lleva desde el 20 de diciembre sufriendo el acoso de un par de policías estatales de Baja California.

Sigo sosteniéndolo: la mejor forma de silenciar a un homofóbico, uno solo, es desviándole el tabique de la nariz. O tumbándole un par de dientes. Y que muchas veces no encuentro diferencia alguna entre el activismo homosexual mexicano y un certamen de belleza en algún centro de convenciones del Bajío. Basta que se aproxime la fecha de la Marcha por el Orgullo LGBTTTI de la Ciudad de México para darse cuenta del tornado de dimes y diretes entre activistas. Sus debates parecen más explosiones emocionales de mitad de temporada del reality RuPaul’s Drag Race que un intercambio de ideas a favor de la comunidad que tanto salvaguardan.

Mientras tanto, el número de municipios que facilitan sus principales avenidas para que transiten las marchas de orgullo lésbico va en aumento. Nunca la visibilidad frontal de un grupo de personas que hacen pública su no heterosexualidad será un desperdicio. Sin embargo, creo esta propagación de gay parades a lo largo de la República Mexicana se basan en los modelos y demandas de las grandes urbes, en vez de exponer las preocupaciones locales. Que existen. Son graves.

Tan sólo un ejemplo: el novio de un compañero, habitante del poblado Benito Juárez del ejido Tecolotes en el Valle de Mexicali, Baja California, lleva desde el 20 de diciembre sufriendo el acoso de un par de policías pertenecientes a la Policía Estatal Preventiva, creo los bajacalifornianos suelen decirles pepos. La abierta homosexualidad del novio del compañero (omito el nombre por su propia seguridad pues han amenazado con “encajuelarlo” si sigue interponiendo demandas ante la PGR) ha sido motivo aparente para que estos pepos lo humillen, le roben pertenencias del interior del auto en sus narices y con impunidad, le exijan un pago de 8,000 pesos a cambio de que pueda conducir a su trabajo —tranquilo supongo— o ir a visitar a su pareja en Mexicali sin ser detenido como si fuera un sospechoso.

He rechazado muchas invitaciones a mesas de discusión y conferencias de índole gay, pues me da la impresión que la prioridad de sus temáticas se reduce a una tragantona autocomplaciente de fantasías de consumismo que en su obstinación por la inclusión acartonada y políticamente correcta, terminan por convertirse en modelos de homosexualidad aspiracional. Leo sus inquietudes a tratar, y en mi cabeza cobra vida un híbrido entre Enrique Álvarez Félix y Ned Flanders, pegado a la televisión, examinando palabra por palabra, midiendo su intensidad ofensiva, calculando el contenido buga de la programación desde el parámetro del capricho bien vestido. O como si a los gays se nos fuera la vida planeando vacaciones.

Hay homosexuales que sufren el lado más crudo de la intolerancia, como el compañero de Mexicali. Y merecen la atención de esos activistas que se jalan los cabellos de las sienes (porque no saben cerrar los puños) por ganarse un lugar al frente del contingente.

(Para información sobre el compañero de Mexicali, pueden escribirme a roxywences@me.com).

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