El nuevo orden

El Papa del 'one-hit wonder'

Hace rato escuché un spot radiofónico en el que aseguran que el papa Francisco fue cadenero, en su juventud, "de lo que entonces se conocía como una disco" y que gracias a esa chamba hoy puede entender perfectamente "las inquietudes y problemas de los jóvenes". No sé por qué lo imaginé todo gorila y mamón, seleccionando a los parroquianos que sí podían cruzar la cadena, mientras ignoraba a otros por su apariencia... o qué sé yo, dejándolos marginados de la fiesta, eufóricos, con la mano levantada, frustrados, mentándole la madre. Así fue que muchos negros dejaron de insistir a la entrada de los clubes de Nueva York de los 70 y armaron sus propias fiestas, las bloc partys, donde se gestó buena parte del hip hop, por cierto. Mejor forma de entender a los adolescentes no puede haber, seguro, haciéndola de San Pedro en el bar de moda. No veo muy fantástico que un cadenero termine de Papa, como reza el audio (parte de una suerte de campaña de promoción de la próxima vista de Francisco a México). Aún recuerdo los corajes que hacía mi abuela cuando yo llegaba a la iglesia con los jeans agujerados por las rodillas en la época en que mis padres me dejaron encargado con ella, mientras averiguaban cómo sería su vida sin hijos, supongo..

Desde junio de 2013, cuando Francisco declarara: "¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?", el alud de chaquetas mentales sobre la modernización de la Iglesia católica, así como un intento por darle al Papa un tufo cool, no se hizo esperar.

¿De verdad se tragaron la farsa, en la que una frasecita autocomplaciente, tramposa y descaradamente chantajista, era suficiente para modernizar una Iglesia que se opone al progreso y reduce al ser humano a un puñado de reglas de conducta desde no sé cuántos miles de años, como bien señala Bertrand Russell en su determinante ensayo ¿Por qué no soy cristiano? Dice Russell: "Hay muchos modos por los cuales, en el momento actual, la Iglesia, por su insistencia en lo que ha decidido llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se opone al progreso y al perfeccionamiento en todos los medios de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar moralidad a ciertas estrechas reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana".

Gracias a Jello Biafra he aprendido que, atizando la ironía, también se construye un escepticismo sano. Nada es totalmente serio.

Pero muchos no sólo se tragaron el marketing católico. Se indigestaron con él. La Rolling Stone le dedicó una portada al papa Francisco, donde anunciaba, a su vez, una entrevista exclusiva... en la que Mark Binelli esquivó las congénitas inflexiones conservadoras de la iglesia que representa y, en cambio, se esmeró por maquillarlas hasta dejarlas, más bien, convertidas en un avatar de la cultura pop. El texto llevaba por título "Pope Francis: The Times They Are A-Changin'", ¿emparentando al Papa con el espíritu subversivo de Bob Dylan?

Lo que a mí sí me sorprendió en serio fue ver a Bergoglio en la portada de la revista lésbico-gay más longeva y crítica con todo aquello que promueva la homofobia: The Advocate, y con textos aun más entusiastas que la Rolling Stone. Creo que los de Advocate lincharon más a Molotov (en un intento por boicotear un concierto en California, a menos que excluyeran de su set list la canción "Puto") que al máximo representante de una religión que describe a la sodomía como algo siempre rodeado de decepciones celestiales, indignación y crueles castigos divinos.

A la distancia, más o menos he entendido la fascinación que generó la ñoña frase del Papa. Y es que simplemente dijo lo que muchos gays (sobre todo aquellos educados a temerle a no ser un fiasco a ojo del cielo) querían escuchar: que no somos unos degenerados condenados a arder eternamente por el hecho de que nuestro placer no es reproductivo. Vuelvo a citar a Russell: "El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que crueldad y religión vayan de la mano".

Meses más tarde, el papa Francisco condenaría el matrimonio homosexual, los activistas del arco iris se indignarían como antaño y todo, incluso nuestro inevitable descenso al infierno según la perspectiva católica, volvió a la normalidad. En una época como la de hoy, en la que los gays dependen casi en su totalidad de los ídolos pop masivos y mansos para sentirse representados, la famosa y efímera declaración "¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales?" pasará a la historia como sucede tantas veces en la narrativa de la música pop: como un **one-hit wonder** del Papa que dejó de ser una esperanza en el ideal de acabar con la homofobia al interior de la Iglesia católica.

Por fortuna, Jello Biafra y sus Dead Kennedys son unos punketos de varios éxitos. A Dios, gracias.


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