El nuevo orden

"Naked yoga"

La fila para llegar a la caja era larga. Delante de nosotros, un trío de oficinistas con las corbatas cortándoles la respiración hacían bromas simples.

Mi neurólogo ya me había comentado que los ejercicios de yoga pueden ser benéficos para los que padecemos migrañas. Más tarde, un tipo en calzones que se presentó como médico, me soltó su teoría de porqué el onanismo constante ayuda a que las venas del cerebro se relajen. El entorno conspiraba para que fuera parte de una sesión de naked yoga a la que tanto me invitaba un bato que conocí en esos acostones de martes. Siempre supe que detrás de sus intenciones seductoras se escondía el propósito de hacerse con algo de promoción para su espacio. Pero la idea de una docena de hombres encuerados, retorciéndose a ritmo de chill out hindú, me hizo pensar que aquello no sería tan malo. Cualquier pretexto tántrico es bueno para bajarle a la calentura gay.

Me citó en el café de la esquina sobre la misma acera donde se hallaba el departamento en el que impartía su clase de yoga sin calzones. La fila para llegar a la caja era larga. Delante de nosotros, un trío de oficinistas con las corbatas cortándoles la respiración hacían bromas simples. Indecisos con los postres, uno de ellos agarró un cupcake con glaseado rosa, sus compañeros lo interceptaron: “¡No mames! ¡No mames! ¡Deja eso! ¿A poco eres puto?”. El instructor del naked yoga frunció los labios, al oído me susurró que odiaba esa clase de comentarios “cómo si ser puto fuera algo espantoso”.

Café en mano (bueno, el instructor pidió uno de esos brebajes que terminan el latte) entramos al salón de clases que más bien parecía una tienda de chácharas orientales. Poco a poco fueron llegando los alumnos.

Así como muchos hombres bugas no quieren parecer putos y por eso sueltan un insignificante cupacke rosa, muchos putos no quieren parecer feos, flacuhos, pobretones, católicos. Eso pude corroborar al ver cómo mientras nos encuerábamos, y los tapetes individuales se iban ocupando, las hermandades también se hacían evidentes: las comadres musculocas poco elásticas, los que llevan dos décadas haciendo yoga con cierta adicción fanfarrona de ratificar su paganismo cósmico, los gorditos lanzándose miraditas e indirectas, combatiendo entre sí por ver quién se convierte en el consentido del profe.

Al final de la clase, el profe no pudo contener el chisme de los oficinistas, el cupcake rosa y los putos. Todos manifestaron su indignación con la misma emotividad que un grupo de autoayuda de mujeres recién divorciadas. Se desencadenaron los comentarios en contra de la homofobia, uno tras otro.

Entonces el bato de barba recortada con gracia tribal sugirió que seguramente se trataban de católicos: “Yo por eso mandé a los católicos a la chingada y decidí alimentar mi espíritu”. 

“Lo único que estás haciendo es sustituir la estampita del santo por otro cuya única diferencia es estar azul y tener más de dos brazos, pero en el fondo estás haciendo lo mismo: obedecer reglas con tal de no irte al infierno. ¿Por eso me querías madrear con la mirada cuando se me puso dura, no? Igual que los católicos cuando perciben algo inmoral”, le contesté.

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