El nuevo orden

"My own private" Fidel Castro

Debió ser alrededor de la medianoche, en el bar del Ciriaco de Paco, en la esquina de Hidalgo y la Octava oriente, en Torreón. El Carlos Velázquez salió del baño y más o menos gritó: “Verga, dicen en Twitter que ha muerto El Comandante”.

La noticia se iba confirmando a cuentagotas digitales sobre la pantalla del Ciriaco mientras yo recordaba esos episodios de mi infancia, cuando los cuentos antes de dormir tenían que ver con revoluciones de clases, la URSS y La Habana, paraísos de igualdad y protesta beatificada, según mi padre, quien siempre jugó a ser un mini Fidel Castro en versión lagunera, con botas vaqueras, pluma en el bolsillo de la camisa y una barba que creo también debía ser a lo Marx. Supongo hacía lo mismo que yo cuando me rayo un tatuaje más y entreno boxeo, siguiendo los pasos de Henry Rollins o 2Pac.

De niño me convencían esas historias, por supuesto, aunque cuando las compartía con los cuates del salón me dejaban hablando solo, seguro les parecía un lunático mamón.

Pero crecí. Empezaron a excitarme las barbas cerradas, Rollins, el Milo de los Descendents, Scott Weiland y empecé a buscar lecturas que me dieran algunas respuestas sobre por qué la tersura de la piel femenina me producía un magnético distanciamiento. Así di con Genet, Burroughs o Dennis Cooper y con escritores cubanos que me recomendaba un entrañable viejo cliente del Ciriaco, brutal experto en literatura latinoamericana. De momento se me vienen a la mente Calvert Casey, Virgilio Piñera y, desde luego, Reynaldo Arenas, quien me dejó sumido en una rabia cuando narra cómo en 1971, durante el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura de Cuba, se estableció la penalización de las relaciones sexuales entre hombres con hasta 30 años de prisión e incluso pena de muerte. Obsesionados con la igualdad de clases y por lo visto también la sexual, en la Cuba de Castro se determinó que la homosexualidad era una consecuencia de la decadencia burguesa. Arenas fue de los más perseguidos y torturados bajo el régimen homofóbico de Castro. En más de una ocasión he tenido que defender mi putería a puño cerrado, pero no puedo imaginar la impotencia y el terror de estar sometido y torturado por una fracción de un ejército enajenado con una revolución que te exige cumplir con una identidad sexual. De lo contrario eres un traidor. Desde entonces también me enferman conceptos como el de patria.

Se dice que en una entrevista del periodista Tomás Borge, en 1992, Castro asegura que nunca estuvo de acuerdo con la persecución a homosexuales, por lo visto sabía de ello, permitirlo lo convierte en un maldito cómplice. Aunque en 2010, Fidel Castro medio se disculpa por la homofobia de su dictadura (es lo que fue y lo que es) diciendo que: “Si alguien es responsable, fui yo… En esos momentos no me podía ocupar de ese asunto. Nosotros no lo supimos valorar...”.

Los simpatizantes de El Comandante me dicen que no cualquier estadista es capaz de reconocer algo así y que el perdón está a la altura de su luminosidad que aseguró techo para todos los cubanos, alimentación, educación, salud. Después de un crimen, uno solo, no puede haber nada luminoso. Que Castro sea más popular en las camisetas no lo convierte en un héroe con más autoridad moral que Pinochet. Basta recordar cómo Virgilio Piñera le confiesa “casi muerto” de pavor a Juan Goytisolo que las hectáreas de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción funcionaban como campos de concentración al que enviaban a cientos de hombres acusados de atentar contra la revolución, eufemismo para clasificar la putería, más de 60 mil homosexuales presos, según cuenta el escritor español en el libro Pueblo en Marcha.

¿Cómo puede mi padre y otros tantos reconocerse como izquierdistas, indignarse por todos los torturados y desaparecidos en México, y al mismo tiempo hacer absurdos malabares sociológicos para eximir a Fidel Castro de su genocida persecución contra homosexuales en la historia a punto de escribirse? No demerito el acto de perdón y arrepentimiento. Pero no puedo ser comprensivo con los claroscuros de El Comandante. Tal cosa sería denigrarme como homosexual. Personificar voluntariamente la tortura en aras de una revolución fascista que santifica caudillos y reprime la diferencia. Los crímenes merecen castigos.

Mi padre no es un desgraciado homofóbico como Castro, pero al igual que Fidel siempre antepuso (por fortuna sigue vivo, pero no creo que a estas alturas cambie) sus ideales socialistas por encima de las pequeñas éticas individuales, mujeriego y malo para administrar presupuestos familiares. Recuerdo que a mi jefe a veces se le olvidaba recogerme a la salida de la primaria por estar discutiendo en asambleas. Se enorgullece de la supuesta lealtad que poseemos los norteños, pero sus formas de lidiar con las lealtades íntimas y la meta de la lucha social son algo traicioneras.

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