El nuevo orden

Muñecos gays

En México, la estela de hipocresía seguida a legalización a nivel nacional del matrimonio gay no se ha hecho esperar.

Si hay una acepción que me provoque urticaria, es aquella con la que suele entenderse comúnmente la palabra sacrificio, misma que utilizó el juez estadunidense Anthony Kennedy (cuyo ascenso fue impulsado desde los resortes conservadores de Ronald Reagan en 1988) para sustentar su voto decisivo en la legalización del matrimonio gay en todos los Estados Unidos: “No hay ninguna unión más profunda que el matrimonio, que representa los más altos ideales de amor, fidelidad, devoción, sacrificio y familia… Esto es cierto para todos los ciudadanos, independientemente de su orientación sexual”.

Yo, como la Nora de Casa de muñecas de Ibsen, esperaré hasta “llegar a entender y asegurarme de quién tiene la razón, si la sociedad o yo”.

Casa de muñecas, del dramaturgo noruego Henrik Ibsen y escrita en 1879, es una desgarradora crítica y afilado retrato de los inevitables (¿e involuntarios?) roles de poder que surgen después de firmar el contrato matrimonial, la opresión como consecuencia del esfuerzo que requiere mantener latentes los valores como el sacrificio, fidelidad o devoción o los meneos hipócritas por satisfacer el deseo sin verse como traidor de “la institución más profunda”.

En México, la estela de hipocresía seguida a legalización a nivel nacional del matrimonio gay no se ha hecho esperar. Después de la decisión de la SCJN, un sex club de la Ciudad de México al que acuden hombres homosexuales para obtener sexo anónimo, montar tríos o unirse a un muégano sudoroso, recibió una notificación con tufo a clausura por parte del Gobierno de la Ciudad, reprobando, en medio de galimatías legaloides, las actividades sexuales que se suceden al interior: “Es un lugar del que tenemos referencia, se reparten condones”, se puede leer en alguna parte del documento. El chiste se cuenta solo.

De momento, insisto en mantenerme firme y mesurado respecto al entusiasmo colectivo que provoca la legalización de matrimonio entre nosotros, los sodomitas, cuyas cláusulas no son más que un listado de metáforas del sacrificio como únicos medios de realización personal, parte de un ciclo consensuado por la sociedad donde la responsabilidad sustituye al placer. Quizás por eso en el inventario de metáforas del contrato matrimonial el adulterio es tan condenado. La aprobación de los bugas para acceder a su institución no sería un acto sin fines de lucro. Por lo visto, la cuota al trueque de la igualdad es renunciar a la promiscuidad que tanto nos ha caracterizado y, en lo personal, me fascina. Hasta no hace mucho la promiscuidad gay era tan punk como una rola de Circle Jerks. Aunque poco a poco la promiscuidad empieza a ser mal vista entre homosexuales, ¡tenemos que celebrarlo! En la obstinada conquista de emparejar la homosexualidad con el resto de las sexualidades, cuestión de igualdad le dicen, el conservadurismo quiere ser parte del rasero y los gays parecen incorporarlo con más devoción que una solterona en cualquier cinta de Joaquín Pardavé.

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