El nuevo orden

Monsiváis irreconciliable

Sí soy de esos que insisten en cuestionar la decisión de Monsiváis de permanecer en el clóset.

Mi padre me prestó el Escenas de pudor y liviandad bajo una advertencia: cuídelo mucho – dijo con el dedo índice empujando el armazón de sus gafas hacia el pináculo de su tabique nasal en señal de seriedad y respeto, como si estuviera perpetrando un ritual trascendental, cediéndome las escrituras de unas minas frente a un masón o algo así cuando se trataba de una marchita edición de Grijalbo –es uno de mis ídolos… tome notas, si quiere ser escritor, tiene que aprender mucho de Monsiváis. La escrupulosidad de sus textos me aturdía. Difícil concentrarse en Monsiváis cuando la MTV gozaba de su mejor momento.

Antes de Monsiváis me contaminé con lecturas de William Burroughs y Dennis Copper y me topé una asombrosa crónica sobre la estigmatización del sida escrita por Bob Gucicione Jr, publicada en la Spin Magazine. Empecé a leer las Escenas de pudor y liviandad con el aplomo de saber que de los ídolos puedes tomar nota o asesinarlos con guitarrazos nihilistas. Sonic Youth se había encargado de marcarme la adolescencia y de ahí para siempre y sin retorno con unos de sus trabajos más siniestros y minimalistas: el Confusion is sex plus Kill your idols, lanzado originalmente en 1983, y en cuyo booklet de la versión en disco compacto, reeditado por la Geffen Records, incluía un texto que parecía la fotocopia barata de la página del diario de un heroinómano erizo, llevaba por título “I’m really scared when I kill in my dreams”, firmado por Kim Gordon, en donde la bajista de la Juventud Sónica sentenciaba: “La gente paga para ver a los demás creer en sí mismos”. Frase que fue contundente al momento de digerir los libros de Monsiváis. Tenía esa edad en la que cualquier descubrimiento es susceptible de volverse un acto heroico.

Desde las primeras lecturas sentí a Monsiváis como un escritor que me restregaba una monstruosa confianza en sí mismo, tanto como para tener una voz casi encriptada (sus crónicas son intachables pero, con todo respeto, no las encuentro en el mismo canal narrativo de Norman Mailer o Gay Talese, analogía que armaron un par de escritores en una mesa reciente en la terraza del Museo del Estanquillo, a propósito del primer lustro sin Monsiváis) y narrar el universo de las minorías, resaltando sus derechos, pero sin incomodar el orden buga que tanto lo veneraba. Sí, soy de esos que insisten en cuestionar su decisión de permanecer en el clóset, por mucho que sus devotos me pongan teorías sobre la mesa que tengan que ver con respeto a la intimidad y el contexto de los ayeres en el que no todo estaba permitido.

Será que tengo un puñado de antihéroes gays, aquellos que no negociaron con las represiones de antaño y cínicos impusieron su homosexualidad sin importarles escandalizar a los heteros. Si no es por el atrevimiento de Horacio Franco, en su ataúd no hubiera estado la bandera del arcoíris. Los bugas que creen el clóset es un derecho a la intimidad es un acto que siguen cuestionando. Y quizás por eso en Monsiváis siento una distancia irreconciliable.

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