El nuevo orden

Mejores personas: una columna antes del arranque del Mundial

Yo cada que  puedo reitero mi aborrecimiento por los musicales. La diferencia es que me justifico aludiendo a Belle & Sebastian o a Fucked Up, pero no a la Trevi.

Básicamente mi gusto por el soccer empezó muy tarde, dada una carambola de coincidencias: un viaje a Inglaterra en el que conocí a uno de esos tipos que te vuelan la cabeza, hincha del Arsenal. Él me explicó cosas tan básicas como un pase. Más tarde descubriría que el gran Nick Hornby, además de ser un melómano maniático y adorar a los Cowboy Junkies tal y como yo lo hago, hasta se hizo de un departamento cerca del estadio hogar de los de Holloway.

Esa experiencia me impulsó a leer Dios es redondo de Juan Villoro, Entre Vándalos de Bill Bufford y, sobre todo, Las pesadillas del Marabú de Irvine Welsh, uno de mis libros y autores de cabecera. Tremenda y desgarradora novela sobre cómo un tipo atormentado, tras padecer los abusos sexuales de un tío cuando niño, encuentra en los partidos de soccer un océano de paz. Casi sin darse cuenta se convierte en hooligan, al mismo tiempo que se inventa una triste fantasía homoerótica con su delantero favorito. La escena cuando este hooligan se perdona con su hermano gay por haberlo torturado durante la infancia me sigue humedeciendo los ojos…

Hoy arranca el Mundial y no paro de leer comentarios de mis camaradas gays gritando su desprecio por el futbol soccer. Cada baladro antipambolero suele ir acompañado de una explicación más bien justificación: “El futbol enajena, es para ignorantes, distrae al pueblo, apendeja, es un negocio homofóbico”, cosas por el estilo.

No es que deban gustarles el fut y el Mundial de la FIFA a huevo. Yo cada que puedo reitero mi aborrecimiento por los musicales. La diferencia es que me justifico aludiendo a Belle & Sebastian o a Fucked Up, pero no a la Trevi. Pareciera que no pueden manifestar su rechazo en seco, como mi editora Elena Santibáñez: “Yo no juzgo a los futboleros, no sé si ver futbol sea bueno o malo, nunca me ha interesado, como tampoco me interesa el esquí acuático y un chingo de cosas más que me valen redondamente madre”.

Mi buen compañero Eduardo Iniesta escribió en una de sus columnas que “sí, señores, existimos personas que no estamos interesadas en lo que ofrece la industria del futbol. ¿Y saben por qué gran parte de esa selecta minoría está integrada por gays? Porque no nos gusta que nos estén ninguneando…”. Convencido estoy que mi colega Eduardo no se deja ningunear, pero muchos de los demás ¿realmente se atreven a decir que el fut ningunea cuando basta que artistas mediocres como Ricky Martin abran la boca recurriendo a cualquier lugar común del imaginario gay para que todos obedezcan, comprando sus discos, copiando sus peinados, intentando llevar una vida acomodada con todo y costosas carriolas? ¿Christian Chávez y Eiza González dando el banderazo de una marcha gay es muy intelectual? ¿Gastar en un boleto para un concierto de Lady Gaga no es fomentar un negocio? ¿Atiborrar los Manhunt o los Grindr de descalificativos entre nosotros no es una discriminación similar a la homofobia del fut?

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