El nuevo orden

Mejor te callas

Dice John Lydon en sus memorias sin censura La ira es energía que: “Para Joe Strummer (The Clash) se trataba de un rollo punk político (que él lideraba) y quería que todos lo defendiéramos ondeando pancartas en plan solidaridad. Manda huevos. Si no haces nada por la pobre vieja que vive al lado y que no se puede permitir poner la calefacción en invierno, entonces mejor te callas, Cazadoras de cuero para todos no es un lema que me emocione…”.

Me pasa exactamente lo mismo. Frases como “Todas las familias, todos los derechos”, “Matrimonio para todos” o “Defiende la victoria alada”, escritas en pancartas, no es algo que me emocione. Sobre todo en estos días en que leo con un hueco en el estómago que han ocurrido más asesinatos de mujeres trans en Tijuana, Chihuahua, Veracruz, Guanajuato, Puebla, Chiapas y el Valle de Chalco, sumando 11 crímenes en aproximadamente 45 días a partir de septiembre, incluyendo los casos de Paola, a la que dispararon al interior de un carro sobre los rumbos de Insurgentes Norte, y el de Alessa Flores, trabajadora sexual, activista, asfixiada en el cuarto de un hotel de la Calzada de Tlalpan, ambos en la Ciudad de México, “Territorio amigable”, según Miguel Ángel Mancera.

“Los varones homosexuales son los únicos hombres del país que todavía quieren casarse”, dice Chuck Klusterman en su libro Pégate un tiro para sobrevivir: un viaje personal por la América de los mitos. Tiene razón, la posibilidad de obtener derechos mediante la firma de acta matrimonial monopolizó la lucha LGBTTTI, reduciéndola a un anhelo de simulaciones voluntarias que incluye la obligación subliminal de no incomodar el panorama hetero. Hay, en la lucha por el matrimonio igualitario, cierto deseo de cómodo sometimiento social, de meterse al redil, de sentar cabeza en este universo paralelo donde el libertinaje está al alcance de una app.

Por eso me parece que todos esos homosexuales que acusan al Frente Nacional por la Familia y sus clandestinos organizadores, conservadores posmodernos y jerarcas católicos entre ellos, de enardecer la transfobia con sus discursos de fascismo binario, de culminarla con asesinatos, caen en un engaño purista y visceral. Las marchas organizadas por el Frente Nacional por la Familia no me pareció una manifestación transfóbica, pues la población trans estuvo prácticamente ignorada tanto por los defensores de la familia normal, a quienes les atormentaba más la idea que dos hombres sirviendo el cereal a sus hijos adoptados para luego compartir un colchón kingsize a la hora del noticiario de las diez, como por los mismos homosexuales que al final sólo veían amenazados sus sueños de partir un pastel de cinco pisos con dos muñequitos pintados de smoking, agarrados de la mano, en la punta del merengue.

No les creo a varios de los homosexuales que se muestran indignados. Se desgarran las vestiduras, pero no pierden oportunidad de tomarse una selfie cuando se topan con un político en una fiesta. Pienso que podrían aprovechar el momento para increparlo, cuestionarlo, exigirle justicia, aunque fuera un momento incómodo.

Como decía Lydon: si no haces nada por los transexuales, mejor te callas. 

¿Qué hemos hecho por las trans de nuestro lado? ¿Cuántos de los homosexuales que se quejan del privilegio masculino teorizan la jotería y se jactan de ser parte de la generación de emprendedores gay, que salen en revistas presumiendo sus Pymes de diseño y comida orgánica y banquetes de bodas ofrecen empleos a mujeres trans? Eso sería de gran ayuda para que las trans no tuvieran que exponer su vida todas las noches.

¿Qué he hecho yo por las trans? No mucho la verdad. Debería cerrar mi puta boca. Apenas gano lo suficiente para mi autodestrucción y me excitan los estereotipos de macho miserable. Hace mucho, antes del nuevo milenio, mi amigo Francisco y yo atravesábamos la Glorieta de los Insurgentes borrachos, a las ocho de la mañana de un domingo. Vimos a un moreno aventar a una trans, arrancarle la peluca y sus cabellos naturales. La defendimos como pudimos, separándolos, yo le di un trancazo en el hombro del moreno y Francisco recogió un tubo que sacó de no sé dónde. Parecíamos boy scouts en tacha haciendo la buena acción del día. El tipo se fue. No llevábamos mucho dinero, pero después de recoger sus cosas desperdigadas en ese pasadizo que desemboca a la calle de Oaxaca, le dimos unos billetes y nos fuimos a desayunar tacos y a comprar pan dulce.

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