El nuevo orden

Matrimonio en la playa

La analogía  entre homofobia adolescente gay y matrimonio me recuerda a esas adolescentes que en medio de la dictadura familiar buscan escapatoria en el novio.

Conocí a Jeff la noche en que me uní al Gay Vallarta Bar Hopping organizado por Christian Serrano, tipazo que resultó ser un auténtico e inusual fanático de Oasis, para el contexto pop-histérico que predomina en el imaginario gay, quiero decir. El Bar-Hopping consiste en un tour por varios restaurantes y bares ubicados dentro del vecindario gay también conocido como la Zona Romántica de Puerto Vallarta. Arranca a las 7:30 de la tarde y finaliza por ahí de la 1 o 2 de la madrugada, aunque ese sábado lo alcancé en el Signature Bar ya pasadas las 10. No podía perder la oportunidad de cenar con Diana Solórzano y Salvador Mayorga, que sin planearlo habíamos coincidido en Vallarta. Éramos un grupo de 13 batos, entre ellos Jeff, proveniente de Filadelfia.

Antes de que Jeff y yo empezáramos a coquetear en el pasillo principal del Wet Dreams, un bar de strippers donde los chicos dan espectáculos dentro de unas regaderas con muros de cristal, soltó dos preguntas: edad y lugar de procedencia: “Aunque por tu look es obvio que no eres de por aquí ¿verdad? A ver tus tatuajes”. Me dijo que era un viajero frecuente a este destino, pero que en años recientes percibía algo similar al acoso con tintes de cursi y melodramático, por parte de los chicos locales, específicamente menores a los 24 años. Había una suerte de ansiedad por contraer matrimonio y salir corriendo de la mano de un marido: “Tarde o temprano te lo insinúan” dijo Jeff.

A menudo el Borges y yo solemos pasar horas y madrugadas discutiendo en torno al matrimonio gay y su posibilidad de erradicar la homofobia, de motivar que sobre todo los adolescentes que probablemente cursen la secundaria y el bachiller salgan del clóset, de auxiliarlos en su llana sobrevivencia homosexual. Cierto que muchos de ellos tienen que padecer actualmente una sofocante cotidianeidad de hostigamientos homofóbicos por parte de sus propios padres y hermanos, primos, vecinos. No obstante, la analogía entre homofobia adolescente gay y matrimonio me recuerda a esas adolescentes que en medio de la dictadura familiar, los padres alcornoques, los hermanos brutos, buscan una escapatoria en el afecto del novio, casi siempre se embarazan y terminan refugiadas con unos suegros no menos obtusos que sus progenitores.

¿Realmente la esperanza del matrimonio es el único mecanismo de salvación de los adolescentes gays? ¿Cómo explicarles a esos adolescentes que los gays pueden elegir entre casarse y no y eso no tiene porqué alterar su dignidad homosexual? ¿Volteando a los tiempos del auge feminismo de los 70? ¿Hacia dónde nos estamos dirigiendo entonces? ¿Por qué esa insistencia de reciclar los modelos bugas que si bien pueden ser funcionales y exitosos, también generan en su propia benevolencia segregación?

Con todos los avances legales a favor del matrimonio entre personas del sexo, Jeff huye de los morritos que se lo insinúan. Cuando estrechamos las manos como sellando nuestro mutuo acuerdo de no matrimonio, empezamos a hablar sobre los hoteles en los que nos hospedamos…

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