El nuevo orden

Lealtad a la lujuria

La noche en que murió Fidel Castro pisteaba en el Ciriaco de Paco en la esquina de Hidalgo y la Octava Oriente, allá en Torreón, con mi tío Paco sirviéndonos las cheves en la barra y el Carlos Velázquez reflexionando sobre la figura de Castro, sus huevos de aventarse un tiro con la economía más poderosa del mundo y las chingaderas que padeció Reynaldo Arenas como bendito castigo por traicionar a la Revolución Cubana con su putería pasional e intransigente.

Junto a mí brindaba un viejo colega que, según mi niñez, era el mejor amigo de mi padre durante varios años, de esos cómplices de aventuras. Mientras en la televisión la noticia de El Comandante iba de rumor en rumor hasta una posible confirmación, aquel viejo colega me confesaba con los ojos a punto de desplomarse: “Tu padre posee un maquiavélico talento para joder a los amigos… no creo que sea malo, quizás, sencillamente, no se da cuenta”… Terminó por confesarme que después de décadas, en mi padre y él no quedaba más que ser ex amigos.

Una melancólica mezcla de postración ajena y consuelo me invadió el pecho, como cuando suspiro el final de varios capítulos de Mad Men, buscando consuelo en que no soy tan manchado como Don Draper. Recordé ese injustamente olvidado track de los Cardigans, la banda sueca, “Losing a friend”: “I’ts not about revenge, but you’re losing a friend. I didn’t see it coming, with my head stuck in the sand, but now I’m loosing a friend…”.

Un par de horas antes, mi primo me daba un aventón al Ciriaco. En algún punto de la Calzada Cuauhtémoc, comentaba que al verme, después de algunos años de no saludarnos, sufrió un shock porque con barba soy lo que le sigue de idéntico a mi padre; registraba mis facciones con su mirada boquiabierto, le ganaba algunas risas y subrayaba que hasta la forma en cómo empujo los lentes deslizando el índice sobre el tabique y cómo muevo las manos cuando hablo eran idénticos a su tío, mi padre, “¿está cabrón el ADN no?” Sí, pero mi padre tiene dos pies izquierdos, le gusta esa aberración hipócrita y de un edificante insufrible del canto nuevo y las mujeres. Le encantan las mujeres. De él aprendí que las utopías socialistas, al menos las que él aspiraba, contemplaba una torcida dosis de chicas groupies más devotas que sexys.

De niño, adolescente y todavía pasados los veinte, mi padre insistía en tatuarme su  teoría aquella de que los hombres se medían por su capacidad de lealtad. No obstante, ahora que trato de recordar con precisión, en ningún momento pudo decirme si la lealtad tenía una diana: los ideales, los amigos, los negocios, las mujeres…

Por mi parte hace mucho que encontré un eficaz remedio para no heredar los algoritmos del ADN de mi padre, o no todos al menos: dinamitar la pinche doble hélice con homosexualidades de las más depravadas, punk a lo Black Flag y haciendo encabronar a mi padre diciéndole que Silvio Rodríguez es un hipócrita burgués y que sólo a un pendejo se le puede perder un unicornio azul.

Los gays solemos tener una relación de complejidad desfasada con nuestros padres, en algún punto nos ataca la incertidumbre de si los estaremos decepcionando o traicionando con nuestra sexualidad, y quizás por eso encontramos en la pareja y en esquemas como el matrimonio igualitario una forma de alienarnos a eso que nuestros padres de alguna forma esperaban de nosotros antes de salir del clóset. No puedo y no tengo derecho a quejarme de ellos, sobre todo en el tenebroso tema de la homofobia. Soy un privilegiado en ese aspecto. En mi caso no suelen prenderme los gays con una mamitis como la de Salvador Novo.

Tuve que resignarme. No defendería a mi padre siguiendo algún código de dignidad de linaje norteño. Lo conozco muy bien como para encabronarme. He aprendido que para mantener la cínica cordura en estado saludable hay que administrar el afecto hacia mis padres. O es lo que me funciona. Y me define.

Mi lealtad es con el punk, el hardcore, mis afectos, por muy cursi que sean estos. Y mis lujurias, que seguramente son traicioneras a la lealtad de mi padre. Pero me gusta pensar que ser gay es mi privilegio de rebeldía contra el ADN de mis padres. Desde aquella noche en que Castro murió no dejo de preguntarme qué tanta herencia cargo de ellos o qué tan maquiavélico seré con los colegas gays, los amantes y acostones, si los joderé de algún modo, sin darme cuenta. Espero que no.

Twitter: @wencesbgay

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