El nuevo orden

'El Jefe'

Cuando niño, mi padre decía que Springsteen simbolizaba el instinto más opresor del imperialismo yanqui. Que lo apodaran El Jefe le parecía insoportable, creía que la portada del Born in the USA exaltaba el patriotismo gringo y que el rock de la E Street Band era una estrategia para desalentar a los jóvenes de la sabiduría del comunismo. O algo así.

En casa se percibía a El Jefe casi como la reencarnación de Joseph McCarthy. Por mucho tiempo lo creí, probablemente no con la paranoia de mi padre, pero gracias a sus bombardeos, su música me pareció un constante soundtrack de Los Duques de Hazzard. La necesidad de aprobación de los padres es inevitable.

Empecé a cuestionar mis prejuicios cuando leí Nación Prozac. Elizabeth Wurtzel hace una radiografía musical y lírica a partir de su idolatría hacia el cantante de Nueva Jersey. Se refiere a él como un macho que desborda sensibilidad y humanidad, de algún modo eso generó en mi cabeza una conexión entre Springsteen y el temperamento de Jack Kerouac. Wurtzel cuenta en su biografía que cuando la depresión ya era un monstruo oscuro que le cortaba la respiración, la música de Springsteen parecía ser el único remedio, en especial "For you", canción que habla sobre El Jefe rescatando a una mujer de un intento de suicidio: "Ésa soy yo. Soy la chica que está perdida en el espacio, la chica que siempre desaparece, que siempre se esfuma y se desvanece al fondo".

Admito que me hice de la discografía de El Jefe después del revival que los de The War on Drugs hicieron de su estilo. Springsteen dio un concierto en el Palacio de los Deportes y las metáforas de Wurtzel me calaron hondo. Algo tuvo que ver que fui con escalofríos y 39 grados de temperatura. Pero era un concierto histórico.

La semana pasada El Jefe canceló un concierto en Carolina del Norte, Estados Unidos, como protesta a la aprobación en ese estado de la ley HB2, también conocida como "Proyecto de ley sobre baños" que obliga, entre otras cosas, a que las personas trans utilicen el baño correspondiente a su sexo biológico. Una ley que en el fondo trata de impedir jurídicamente cualquier demanda por acto discriminatorio hacia la comunidad LGBT.

Lo sorprendente fue que el acto solidario de Springsteen con la población LGBT pasó de largo en muchos medios de temática gay. O la abordaron con tardanza, o no a la velocidad de la luz con la que dieron eco a las trivialidades vomitivas de tantos lugares comunes dichas por Sam Smith en la entrega de los Premios de la Academia. Alguien me explicó que dicho fenómeno tenía una razón de ser: "Springsteen es un aliado. Las declaraciones de Sam Smith son mucho más trascendentes porque es uno de los nuestros". ¿De verdad?

En su libro de ensayos Sex, drugs y cocoapuffs, Chuck Klusterman dice que esos miles de fanáticos que abarrotan monumentales estadios encuentran en Springsteen una extensión musicalizada a su realidad, dura y a menudo frustrante. Para Klusterman, El Jefe es un galán, viril y atractivo, que canta historias de desempleo y marginación, de ciudadanos olvidados por un gobierno que pide hipotecas hasta para soñar. Los mecánicos, traileros, veteranos de guerra desempleados (como el protagonista de Born in the USA y que nada tenía que ver con la fobia de mi padre), las madres solteras, meseras, ven a Springsteen como uno de ellos y no un cantante de pop guapo que impone existencias aspiracionales. ¿Cómo alguien que canta sobre los mismos ensueños románticos que Celine Dion, pero en versión gay, con todo y lentejuelas, puede ser como nosotros?

La cancelación del concierto de Springsteen como protesta a la legislación homofóbica de Carolina del Norte tiene mucho más peso que cualquier activismo masticado por el marketing, pues construye puentes que cruzan las fronteras de nuestro gueto que se ha convertido en un castillo, como de Disney, tan artificial y frágil que puede acabar en ruinas de un solo puntapié. El Jefe cantará sobre ello.

PD: A propósito de la chusca columna de ayer de Luis Eugenio Todd, ¿quién quiere adoptar? ¿Es que Trainspotting, cuya versión cinematográfica cumple este 2016 veinte años, no les enseñó nada? Como sea, tanta barbaridad merece una respuesta. Será la próxima entrega. De momento tengo la prioridad de difundir el mensaje de El Jefe entre los gays que sólo le conocen Streets of Philadelphia, y destrozar a Sam Smith, que batallar con las homofobias de siempre.


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