El nuevo orden

Homosexuales de pies planos: Richard Cohen en la Ciudad de México

Si se inventaron las plantillas, las cirugías plásticas, el agrandamiento de pene o la lipoescultura, ¿por qué no habrían de existir las terapias de reconversión sexual?

Vivir con una inconformidad congénita es algo así como un derecho no exigido. Yo, por ejemplo, no termino por resignarme a tener los pies planos y comprar plantillas por cada par de zapatos nuevos. No me gusta lo deforme que se ponen con el uso (encorvados al interior, como si hubiese actuado en el musical de El rey león haciéndola de ganso heroinómano) si no les introduzco un pedazo de poliuretano con un arco androide después del talón.

Para muchos hombres a quienes su homosexualidad les atormenta, supongo la diferencia estriba en que no perciben su deseo por otros hombres como una especie de defecto físico que te jorobe la espalda. Si alguna impresión me quedó de aquella vez que pude infiltrarme con identidad falsa en una terapia de grupo cuyos organizadores prometían curarte la homosexualidad, fue que aquellos compañeros gays se veían a sí mismos como psicópatas a punto de consumar irreparables daños contra sus seres queridos si alguien no los detenía. Varones al fin con una biosíntesis proteica más o menos normal, terminaban rendidos con otro tipo, encerrados en el privado de algún vapor o el cuarto de un motel cerca de la salida a Cuernavaca. Los relatos eran espetados con la garganta acribillada, las manos trepidando y los ojos irritados, como si confesaran un crimen del que siempre fueron sospechosos. Entonces el terapeuta ponía su mano sobre el cuello, los felicitaba por las lágrimas derramadas puesto que eran prueba científica de su arrepentimiento y lo instaba a rezar y les prescribía las oraciones que debían canturrear en su mente si de nuevo se les presentaba la oportunidad de bajar el cierre de alguna bragueta. Aunque el tratamiento también tenía que ser aplicado a los pensamientos dentro de su cochina cabeza. Masturbarse estaba tan prohibido como echarse un litro de agua de sandía en el momento más ojete de la cruda.

Richard Cohen, el psicoterapeuta que jura haber tenido un pasado en el que nomás no salía de los cuartos oscuros y hoy es todo un padre de familia buga, de esos que sólo tiene sexo con su esposa los viernes de quincena, y por lo mismo posee la técnica para curar la homosexualidad, al final pudo dar su seminario “Herramientas para el acompañamiento para personas con atracción al mismo sexo (AMS)” en la Ciudad de México. Según trasciende en noticias, lo impartió en las instalaciones de Casa sobre la Roca, fundación con fuertes lazos al Partido Acción Nacional presidida por la ex diputada Rosy Orozco, conocida por su lucha contra la trata de personas. Por lo pronto, Orozco se ha deslindado de las notas que la relacionan con el seminario de Cohen.

Si se inventaron las plantillas, las cirugías plásticas, el agrandamiento de pene o la lipoescultura, ¿por qué no habrían de existir las terapias de reconversión sexual? Como le dicen al supuesto tratamiento capaz de quitarte lo puto. Cierto que así como nosotros podemos asaltar el Paseo de la Reforma cada último de sábado de junio con besos rasposos y fondo de La Trevi (aunque me pese), Cohen está en todo derecho a exponer sus ideas; el fraude radica en hacer pasar por ciencia médica meros escarnios religiosos travestidos de terapia.

Que alguno que otro quiera curarse de homosexualidad supongo está en su derecho. También es su pedo. 

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