El nuevo orden

El papa Francisco en "The Advocate" o sólo Dios puede perdonar a los gays

1. Había una tía que nunca dejó de insistir. Me decía: “Yo rezo mucho a Dios para que dejes ese camino pecaminoso y desviado del que te sientes tan orgulloso”. A lo que respondí: “Y viera, tía, cómo yo rezo mucho a Dios para que deje de hostigarme con el mismo comentario cada que la veo… al parecer, ni a usted ni a mí nos está haciendo caso”.

2. Quiero pensar que The Advocate, revista pionera en abordar sólo contenidos de temática lésbica-gay (empezó siendo un raso fanzine allá por 1967), decidió colocar al papa Francisco en su portada de diciembre con un balazo que lo nombra “Personaje del año”, como una provocación al debate y no por convicción; de acertar a lo segundo, confirmaría mi teoría de que tantos avances en estos tiempos (hay quienes aseguran el siglo XXI es el siglo rosa), esconden tras su victoria legal, unas terribles y descerebradas ansias de autoencerrarnos en el corral de la normalidad, tal y como la entienden los bugas errantes del buen camino, con todos y sus recatadas costumbres y sagradas bendiciones.

3. No encuentro diferencia sustancial entre las recurrentes y típicas opiniones homofóbicas escupidas por tal o cual jerarca de la Iglesia católica y el “no soy nadie para juzgar a los gays” del papa Francisco que tanto revuelo desató en Iberoamérica y otros países como el mismo Estados Unidos, para mi sorpresa. Ambas declaraciones provienen de un culto cuya homofobia se encuentra arraigada en su información genética. Negarlo es hacerse pendejo. Como la misma Iglesia católica se hizo pendeja con los cientos de casos de pederastia y otras atrocidades. Me exaspera tanta alegría ante una frase oportunista, me recuerda a los cascabeles de la Rondalla de Saltillo. Sergio Téllez Pons dice que tal declaración fue “para defender a Battista Rica, el prelado que fue nuncio en Uruguay y tuvo una relación con un soldado suizo”. Me da exactamente lo mismo.

4. Quienes celebran el “no soy nadie para juzgar a los gays” del papa Francisco, me dicen que su valor radica en la enorme posibilidad de disminuir la homofobia de una mayoría católica; primero les dicen que nos condenen al infierno y más tarde, que no nos juzguen. Bajo esa perspectiva católica, la homofobia parece un asunto manipulado a partir de un aburrido miedo al fuego eterno y no como el hiriente problema de intolerancia, lo que en verdad es. ¿Y si mañana el Papa cambia de opinión? ¿Celebramos la disminución de la homofobia o buscamos el visto bueno de la Iglesia católica para legitimarnos como buenas personas, sanas, normales, qué sé yo?

5. Tanta felicidad católica me hace pensar que en el fondo los gays somos incapaces de superar laculpa. Temerosos de la ira de Dios, vemos la postura liberal del papa Francisco como un hilo de salvación. Vamos, no veo a nadie celebrando en la apertura del Papa un posible desplome de esa Iglesia que tanto nos ha jodido.

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