El nuevo orden

Derecho al matrimonio por conveniencia

El buen Alberto me dijo una vez que los ojos se me llenaban de ilusión justo cuando apagan las luces en señal de que el concierto está a punto de empezar.

Cuando les pregunté a Sandra y Armando, adorados amigos, parte de mi pandilla, ¿cómo es que habían decidido firmar el acta de matrimonio después de años de vivir juntos? Sin rodeos contestaron: “Porque teníamos ganas de armar una pedotota”. 

Es una situación frecuente ver cómo personas de inclinación a todas luces conservadoras, no se admiten públicamente como tales. Cuándo trato de ubicar a un individuo que exteriorice sin pudor y con el pecho pomposo una rotunda oposición al aborto y su puntualidad en las misas católicas dominicales de ocho de la mañana, sólo se me viene a la cabeza el recuerdo de Carlos Abascal.

Efecto similar me producen aquellos homosexuales que contraen matrimonio y las huestes que les echan porras: nunca o casi nunca parecen aceptar que celebran una boda por el simple hecho de sellar una utopía con mole rojo y arroz mientras suena “El venado” de Los Pakines; repetir la ilusión buga de sus progenitores. ¿Qué hay de malo en querer materializar una ilusión? El buen Alberto me dijo una vez que los ojos se me llenaban de ilusión justo cuando apagan las luces en señal de que el concierto está a punto de empezar. Tiene razón. Los conciertos me producen euforia. Si se arma slam, de plano siento que bailo el vals de mi boda con los riffs, los codazos y el sudor.

“Lo hacen con dolo, con la intención de echarnos a perder el plan”, declaró la pareja de Mexicali que al final pudo cumplir su ¿ilusión?

Pero no. A pesar de que muchos homosexuales gastan en invitaciones de boda impresas en pliegos brillantes, celebran la campaña de publicidad de dos hombres agarrados de la mano lanzada por una lujosa firma de joyas, cuyo carísimo catálogo es de a miles de dólares para arriba lance (por lo visto mucha raza vive convencida que una sin boda sin fiesta es como un frasquito de poppers sin esa bolita blanca al fondo), siguen anteponiendo el argumento de los derechos jurídicos que brinda el matrimonio como la principal razón para contraer nupcias: acceso al IMSS, ISSSTE, Infonavit, asegurar las escrituras de una casa, blindar herencias, dando por hecho que el amor durará hasta los días en que haya que ir a cobrar la pensión, poco antes que la muerte los separe. ¿Realmente es así?

No es capricho me dicen. Es igualdad ante la ley. Bien. Será que la ilusión tan sólo me dura un concierto o un disco de La Polla Records, pero estoy a la mitad de un reportaje sobre el perfil socioeconómico de las parejas homosexuales que han firmado un acta de matrimonio. Porque existen homosexuales indígenas, en situación de calle, a los que el matrimonio, desde la perspectiva jurídica que tanto cacarean, les mejoraría en mucho su calidad de vida. Deberíamos empezar a promover el matrimonio por conveniencia entre homosexuales. Que más igualdad que homosexuales que viven con VIH sin protección tengan acceso a antirretrovirales.

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