El nuevo orden

Delicada contramarcha

En YouTube se hizo más o menos famoso un video en el que un defensor del matrimonio igualitario se cuela en la marcha conservadora para entrevistar, aleatoriamente, a los manifestantes sobre la definición de ideología de género, concepto que se refractaba de una manta a otra seguida de una máxima de rechazo. La investigación es por instantes divertida, mas no deja de ser una estafa mimetizada de crítica, mezquina y arrogante, un arrastre de venganza casi tan inservible como la lista de sacerdotes supuestamente homosexuales difundida por el Frente Orgullo Nacional. Se trata de emparejar la ciudadanía, no de hacer de la intimidad de las personas balas de presión social. Todos tenemos algún grado de incongruencia. Ahí están las lesbianas que bautizaron a su bebé bajo el ritual de la Iglesia que incitó a la marcha a favor de la familia. Entiendo la necesidad de evidenciar a miles de personas que alzan la voz contra algo que prácticamente desconocen, pero ¿qué hubiera pasado si del otro lado, en los terrenos del arcoíris, preguntaba a los gays si alguna vez habían escuchado un solo track de Wayne County y los Electric Chairs o de Throbbing Gristle, pioneros del punk y del industrial más desaforado que además transgredieron las fronteras del género con su propio cuerpo y como parte de su música? ¿O de Size, banda mexicana de postpunk tecnificado, herederos de la tradición de los Throbbing o El Personal, el grupo de Guadalajara que debutó el mítico bar gay El 9 de la Zona Rosa y cuyo vocalista, Julio Haro, al igual que el batería Pedro Fernández, sufrieron los efectos de la etapa más culera del VIH? ¿Si sabían que la letra de “Nazis punks fuck off” de los Dead Kennedys era la mejor mentada que les pudieron haber escupido a los fachas homofóbicos que hicieron su numerito en el Metro Insurgentes?

Hubiera sido divertido ver las facciones extraviadas de los homosexuales acostumbrados a la lucha por la igualdad con Edith Márquez de fondo.

No hay una búsqueda por el reconocimiento de la diferencia radical frente a la perspectiva binaria de los del Frente Nacional por la Familia. Bajo el maquillaje facilón de conservadores y progresistas, sólo persiste el imaginario de una estandarización, a veces asexuada, sin inconvenientes, sin contracultura como motor de reflexión. Las mamás de la Marcha por la Familia bailan los pasitos locochones de Mijares y los papás gays son fans de Jeans y eso es todo.

Después de los argumentos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de las lecturas de los artículos tercero y cuarto de la Constitución Mexicana, incluso de las interpretaciones bíblicas de los homosexuales católicos aferrados a evadir la homofobia del Antiguo y Nuevo Testamento (y que se han visto en la penosa necesidad de transitar de la euforia a la decepción, cuando el papa Francisco hizo público su apoyo al Frente Nacional por la Familia, como si de su boca nunca hubiera salido aquella frase de “quién soy yo para juzgar a los homosexuales” que nunca me tragué), los gays que acudieron el pasado 24 de septiembre a confrontar a los protectores de la normalidad binaria y reproductiva, a defender la identidad de las otras familias, no fueron capaces de imaginar una respuesta que visibilizara una realidad opuesta al lugar común de aquellos que marcharon vestidos de blanco, con globos azules y rosas, para dejar muy claro sus convicciones sobre cómo deben crecer los niños y mantener su correspondencia genital intacta.

Me provocó una especie de desesperante ternura escucharlos hablar del matrimonio igualitario con la misma elocuencia desarmada de cualquier integrante de Jeans, iconos del movimiento lésbico-gay de México.

Decía Emil Ciorán que “sólo los espíritus superficiales abordan las ideas con delicadeza”, y no dejo de pensar en ese aforismo cada que los gays me acusan de inmamable por cotejar mi soundtrack con los himnos que el colectivo lésbico-gay mexicano ha adoptado a lo largo de los años y llevarlos al debate de los derechos.

No lo niego, suelo ser un malnacido arrogante con mis obsesiones, sobre todo las musicales. Pero considero que no ver más allá de los iconos gays de dudosa procedencia, es reducir el panorama homosexual a un fetiche superficial. El instinto de arrogancia es lo que me obliga a mantenerme en el ostracismo de una inconformidad que busca disentir antes de acomodarse en la aceptación condescendiente. Y delicada.

El conformismo después de la igualdad me exaspera. Me aburre.

Twitter: @wencesbgay

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