El nuevo orden

Cuarto Encuentro de Narrativa: contra el 'circuit'

A Paul Gallant


Más o menos tenía la posibilidad de asistir al Arena, festival (según esto) de música electrónica, que viene sucediendo los últimos días de enero desde hace un par de años, en las costas de Playa del Carmen, y que está pensado casi exclusivamente para una audiencia de varones homosexuales.

Pero tenía, en esos mismos días, otra opción. No tuve que incendiar una sola neurona para meditarlo: acepté de inmediato ser parte del Cuarto Encuentro de Narrativa que se llevó a cabo del 28 al 31 de enero pasado en Zacatecas, y al que fui invitado gracias a la iniciativa de su organizador: Juan Gerardo Aguilar.

Me decidí por el Encuentro pues me revuelve el estómago esa combinación mal sazonada llamada circuit, que me suena a "coctel hecho en un jaibol con las sobras del progressive house de principios de la década pasada, shots de dance club comercial y una onza por cada 20 minutos de hit parades melosos y melodramáticos", como lo describí en un ensayo en el que critico las circuit party y toda su bisutería y sistemas láser que sirven para travestir de relumbrón el autoengaño de pensar que se está en la cúspide de la buena música electrónica.

Me sentí halagado de formar parte de un evento de narrativa que convocó nombres como los de Brenda Lozano, Julio Patán, Lydia Cacho, Alejandro Almazán o Sergio Ramírez, tomando en cuenta que sólo tengo dos libros de mi autoría. Bueno, pero tengo casi 9 mil compactos. En teoría, este año publico dos títulos pero mejor no prometo nada; me distraigo mucho con la música. Y en estos días de reencuentros no estoy en paz. Me tienen ácido el regreso de Violent Femmes y el nuevo álbum de Iggy Pop en colaboración con Josh Homme, cuyo título no tiene madre: Post pop depression. Ni a Miley Cyrus se le pudo ocurrir tal genialidad.

En el encuentro tenía la oportunidad de hablar sobre letras y literatura o periodismo y música. La música que me vuela la cabeza, me inyecta adrenalina o me pone absurdamente por esa capacidad de afinar las guitarras o modificar la velocidad de un sampler de tal forma que logra rasgarte los sentimientos. Compartir el micrófono con Eduardo Rabasa, Carlos Velázquez y Víctor Santana en una charla moderada por Juan Gerardo Aguilar. Y eso fue lo que hice. Y tomé la decisión adecuada. El patio del Museo Zacatecano tuvo todos los asientos ocupados más otros tantos que escucharon de pie mis desvaríos jotos. Hubo carcajadas, confesiones homosexuales (todas de mi parte), mucha bibliografía glam-punk-pop y música, mucha música. Y, amigos, en su estereotipo más machista y políticamente incorrecto: hombres y chicas y uno que otro gay despistado que comparte mi debilidad por las frases de Henry Rollins o Bryan Ferry o Morrissey o Aidan John Moffat o Shane MacGowan, cuya voz fermentada en whiskey siempre me humedece los ojos, no sé por qué.

Porque, a pesar de los estrobos y la musculatura sudada, las fiestas circuit siempre me han parecido un gueto donde los amigos son sustituidos por las comadres, con todas las pésimas mañas estereotipadas que eso implica, las que mi abuelo decía eran de mala educación. Tanto torso desnudo (algunos macicísimos, sin duda, pero carentes de pornografía radical) me recuerda las fantasías eróticas de cualquier Señorita Aguascalientes. Es la testosterona haciéndose pasar por chicas desmadrosas que conversan diciéndose cosas al oído, con todo y esas miraditas mustias de ligue provinciano. Una sucesión de fantasías conformistas y sentimientos genéricos. No digo que esté necesariamente mal. Sólo que yo prefiero emprender retirada de esos gays tan obsesionados con el capricho de la igualdad, que terminaron por estandarizarse del modo más convencional y anacrónico. Y sin buena música.

Creo que los amigos son aquellos con los que compartes intensamente una canción o un álbum completo y no pierdes el tiempo despedazando a los que no están presentes. De pronto, la vida te avienta para distintas fronteras, dejas de ver a los cuates, pero una canción te reproduce una Polaroid en tu cabeza.

Yo prefiero asumir el riesgo de hacerme líos entre tanta pinche canción y tantos enamoramientos que se ajusten a sus letras, como decía Nick Hornby en Alta Fidelidad, que hastiarme con los patrones que estipulan cómo debe ser un gay hoy día para ser aceptado por los mismos gays que han hecho de la tolerancia una estrategia de marketing... mientras los queers van que vuelan para fundar su iglesia porque juran tener la verdad. Tal parece que les da pavor verse solitarios con los audífonos puestos.


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